El síndrome que afecta MéxicoUn revuelo anima la selva mediática mexicana. Y prácticamente un incendio se apodera de los ámbitos que trabajan en torno a la equidad de género, en especial aquellos que actúan con población masculina. Nadie entiende muy bien cómo es posible que cinco hombres y una mujer, que encabezan el denominado Círculo Masculino, hayan ganado espacios en horas pico de radio y televisión y sean entrevistados por la prensa escrita, más allá de su orientación ideológica, incluyendo La Jornada, para llamar a una marcha de afirmación masculina el próximo 20 de marzo, con el objeto de reivindicar los derechos de los varones frente a lo que llaman “abusos feministas”.
Desde luego, no se trata de una ocurrencia de última hora. El movimiento que sigue al Círculo Masculino tiene antecedentes en los últimos años y ha ido concretando la idea de la marcha desde 2003. Llegan con un libro escrito a fines de los pasados noventa, de título ilustrativo, “La conspiración feminista”, con un Manifiesto Masculino y un programa de acción con propuestas muy concretas: declarar el 20 de marzo Día Internacional del Hombre, instituir el Año Internacional del Hombre (sugieren el 2010), crear el Hospital del Hombre en México; establecer como fecha fija el Día del Padre; erradicar las promociones, las escenas y los mensajes de misandria en todo el mundo, etc. También han ido modulando un discurso más complejo que el procedente del libro original. Y han lanzado una campaña publicitaria para convocar a la marcha bastante imaginativa, colocando anuncios espectaculares en las principales avenidas de la capital, una página de internet (www.lamarchamasculina.com) y un programa radiofónico. De momento cuentan con varios miles de seguidores, pero ellos quieren una marcha de decenas de miles.
Al principio no los tomaron muy en serio. Sin embargo, cuando el libro ganó lectores y algún premio periodístico, varios grupos feministas empezaron en 2004 a boicotear los actos de presentación y discusión del Círculo Masculino. Algo que indudablemente confirmó las tesis del Círculo sobre la existencia de abusos feministas. La imagen de perseguidos aumentó con la reacción de grupos de mujeres y hombres consistente en denunciar al Círculo ante organismos de Derechos Humanos y tribunales, por promover el odio y la discriminación de género.
Lo cierto es que a un mes de la fecha establecida para la marcha, el Círculo ha seguido avanzando en sus preparativos, con una audiencia cada vez mayor. Y muchos opinan que, incluso si algún organismo estatal o judicial impidiera la celebración de la marcha, el Círculo ya tiene apoyo como para ser algo más que un alboroto mediático.
La periodista de La Jornada, Claudia Herrera, que se ocupó del tema, acaba preguntándose: “¿Broma? ¿Ardid publicitario ...? ¿Resentimiento? ¿Movimiento justificado?” Dicho en breve, el asunto no es tan simple como algunos grupos de mujeres y hombres quieren hacerlo ver. Sin embargo, no deja de ser curioso que este movimiento cause tanta sorpresa y desconcierto en México, cuando es un fenómeno sobradamente conocido en el país vecino. En efecto, desde principios de los años noventa se han producido oleadas de movimientos masculinos en Estados Unidos, que han dejado organizaciones como Men´s Rigths o Promise Keepers, que hoy son mucho más poderosas que las organizaciones feministas a nivel nacional Y algunos tienen un discurso más estructurado, pero otros también incluyen mensajes no menos floridos o estrafalarios que los que pueden encontrarse en algunos párrafos del Manifiesto Masculino de México.
Un punto de partida para encarar con algo de serenidad y rigor este fenómeno mexicano es considerar que se enmarca en un cuadro más amplio y complejo, que ya se ha producido antes en los países, como Estados Unidos, que van quince o veinte años por delante en el conflicto de sexos. El hecho de que se produzca ahora en México quizás refleje el adelanto que ese país tiene como laboratorio social respecto de toda América Latina.
En realidad, hay una característica que identifica en este cuadro general al Círculo Masculino mexicano: el hecho de que su discurso muestre esa mezcla particular de elementos de rechazo a un cambio que obliga a los hombres a perder su centralidad y privilegios, junto a elementos que muestran la molestia ante un clima que coloca a los hombres como ontológicamente perversos o impulsan el conflicto de sexos como forma principal de avanzar hacia la equidad de género. Ese discurso mixto, que contiene registros tradicionales y de actualidad, no es precisamente nuevo: fue identificado ya en los años ochenta, cuando apareció el movimiento mitopoético de Robert Bly en Estados Unidos. Y obviamente, eso no disminuye para nada la necesidad de reconocer las diferencias que particularizan cada movimiento específico.
- La razones del malestar masculino
Ciertamente, se asistiría a un proceso milagroso si tuviera lugar un cambio social en el que los hombres perdieran poder y, al menos, no hubiera sectores que manifestaran un claro malestar al respecto. Sin embargo, la idea de equidad ha sido defendida por una mayoría de hombres desde el origen de la modernidad, por no remontarnos más en la historia. Es decir, la equidad de género ha sido establecida como un valor universal en las organizaciones internacionales y los Estados desde hace décadas. Y no puede afirmarse que el poder de unas y otros están en manos masculinas y luego sostener que los hombres no han tenido nada que ver con ese cambio valórico y normativo.
En sentido inverso, considerar por definición todo malestar masculino como un reflejo del rechazo a la equidad de género es una simplificación peligrosa. Entre otras razones, porque esa consideración no puede mantenerse eternamente en el tiempo y, sobre todo, porque elimina la posibilidad de debatir sobre lo acertado o desacertado de una determinada política de género, especialmente de parte de la población masculina.
Más aún, hace tiempo que algunas autoras están señalando la necesidad de saber si hay síntomas de malestar masculino que no proceden necesariamente de un rechazo a la equidad. Es decir, parece llegada la hora de abandonar las simplificaciones y comenzar a distinguir con claridad unos malestares de otros. Si es que, de verdad, queremos hacer un buen diagnóstico.
Un trabajo notable sobre el malestar de los hombres norteamericanos fue el realizado por la feminista Susan Faludi, bajo el título de Stiffed. The Betrayal of the American Man (Plantado, tieso. La traición al hombre americano), donde refiere cómo los hombres van descubriendo que el sueño americano, según el cual cada uno iba a ser dueño de su propio destino, se ha ido desvaneciendo desde la crisis de los ochenta y eso se produce además frente al dedo acusador de las mujeres. Desde luego, los grupos feministas no recibieron este trabajo de Faludi con un aplauso cerrado, como cuando la autora escribió The Backlash. La principal crítica consistió en subrayar que era una pérdida de tiempo y recursos dedicarse con tanto ahínco a estudiar los problemas de los hombres. Sin embargo, la autora señaló con buen juicio que la cuestión es si esos problemas no acabarían siendo del conjunto de la sociedad. Faludi saludó efusivamente la película El Club de la Pelea y afirmó que reflejaba bien en imágenes lo que ella había descubierto en su investigación.
Una causa de malestar masculino se refiere a las acciones institucionales y normativas que favorecen de forma descompensada a las mujeres. La acción positiva a favor de las mujeres no ha sido planteada en muchas ocasiones como lo que es: una forma de remover los obstáculos que impiden a las mujeres compartir el poder, sino una manera de favorecer a las mujeres al margen de cualquier otra consideración. En el debate sobre cómo penalizar la violencia doméstica, con frecuencia no se plantea punir la violencia como un asunto de límites sino como algo referido al conflicto, con lo cual se plantea el problema de si es justo que el insulto de un hombre constituya un delito y el de una mujer únicamente falta. Obviamente, ningún ser humano con algo de dignidad puede aceptar ese desequilibrio (que además resta credibilidad a la acción punitiva contra los casos graves). Y así pueden ponerse bastantes ejemplos de cambios en la normativa civil y de familia, que han contribuido a emitir sentencias obviamente injustas. Y la teoría de la compensación no ayuda precisamente: argumentar que no está mal que haya un poco de normativa desequilibrada a favor de la mujer, para compensar tantos siglos donde hubo todo lo contrario, tiene el grave riesgo de estar mandando el mensaje a la sociedad de que lo que queremos no es exactamente la equidad, sino la vuelta de la tortilla.
Tampoco ayuda la idea de que la sobreprotección de la mujer opera en el vacío. Una colega favorable a la punición extensiva, argumentaba que hay que dar un poco de margen de confianza a las mujeres y no pensar que van a utilizar mal una normativa algo descompensada a su favor. La respuesta es obvia: no hace falta que lo hagan las mujeres, para eso están los abogados/as. En realidad, si un abogado que trata un caso de divorcio no utiliza cualquier otra normativa que favorezca a su cliente, estaría haciendo simplemente una mala práctica.
Además de las descompensaciones institucionales y normativas, el malestar masculino también procede de lo que puede denominarse las contradicciones de la transición que presentan mujeres y hombres comunes. En una investigación realizada en Costa Rica a fines de los noventa sobre relaciones de género, pudimos apreciar que el efecto que había tenido sobre la población femenina el discurso y la acción a favor de la promoción de las mujeres, era principalmente el de abrir el menú existencial de ellas: ahora podían escoger opciones tradicionales o completamente innovadoras, sin que fueran cuestionadas. Algo que era mucho más rígido para los varones, quienes, además, recibían de las mujeres una demanda de desdoble (democráticos en la casa y más impositivos hacia afuera) mucho más que una de cambio completo.
Se ha escrito ya mucho sobre la forma en que las mujeres pueden incluir en su comportamiento elementos conservadores y de cambio, eligiendo cuidadosamente cuales les interesan más en cada oportunidad, incluso en ocasiones sin ser conscientes de que lo están haciendo. Muchos humoristas, mujeres y hombres, han incrementado su repertorio con este tipo de conductas contradictorias. Por ejemplo: después de una primera cita agradable, la mujer impaciente exclama “¡Y ese condenado machista, que no me llama!”. Las demandas complejas, las actitudes contradictorias o incoherentes de parte de las mujeres, también son fuentes de malestar masculino, sobre todo cuando al final resulta que los hombres son siempre ideológicamente culpables.
Autores que han escrito sobre la masculinidad y la equidad de género, coinciden en considerar esas contradicciones de las mujeres como parte natural del proceso de cambio hacia una sociedad más equitativa. Nadie puede esperar que las mujeres sean completamente coherentes y consistentes en el paso hacia la corresponsabilidad y la equidad. Algo que es bastante razonable. Pero si eso se reconoce, entonces hay que admitir inmediatamente que existen razones de malestar masculino que no proceden necesariamente de un rechazo a la idea de equidad. Esos autores señalan que hay algo que los hombres no pueden hacer frente a las contradicciones femeninas: abandonar su propio juicio como ser humano independiente. Como ciudadanos, los hombres deben entender el sentido del cambio relacional entre los géneros, que tiene como valor principal la equidad entre mujeres y hombres, pero no pueden dejar de pensar por sí mismos. Como dijo el presidente Kennedy en medio de una crisis: hay algo de inmoral cuando, por miedo o por comodidad, abandonamos nuestro propio juicio.
- El papel de los grupos de hombres favorables a la equidad de género.
Esta necesidad de conservar el propio juicio es algo que también opera en términos ideológicos para los grupos organizados de hombres que se comprometen con la acción a favor de la equidad de género. Como ya se apuntó, el universo de grupos organizados de hombres es apreciablemente variopinto: desde grupos que plantean abiertamente el retroceso a la sociedad patriarcal sin fisuras, hasta grupos que se autodenominan directamente profeministas; además de que también hay diferenciación temática o funcional, según el objetivo principal de cada grupo. Pero, en relación con las expresiones organizadas de mujeres y los grupos feministas, los hombres organizados o que trabajan en la temática de género, suelen tener algunas actitudes reconocibles.
En primer lugar, puede mencionarse a los profeministas, que, como su nombre indica, se consideran en relación secundaria respecto de lo que consideran el sujeto político central: el movimiento feminista. Suelen emitir un discurso cautivo del que produce el feminismo y raramente critican las orientaciones de éste. Consideran que ese tipo de relación con el feminismo es condición principal para avanzar hacia la equidad de género. También puede reconocerse un masculinismo autónomo, que suele estar compuesto por hombres que están inconformes con el mandato masculino tradicional, pero no proceden del masculinismo más político, o bien por hombres que proceden del sector profeminista (como es mi caso). Su principal característica es que producen su reflexión independientemente de la que emita el feminismo, al que, no obstante, consideran aliado fundamental.
Desde otro lado, se perfila un sector postfeminista, que se plantea la condición masculina al margen de lo que pueda plantear o hacer el movimiento feminista, bien porque no han tenido mucha relación histórica con éste, o bien porque consideren que el feminismo ya cumplió su función y no es más necesario (al interior del Men´s Rights puede encontrarse frecuentemente esta postura). Suelen criticar la actitud beligerante del feminismo y se centran en problemáticas propiamente masculinas. Es interesante que algunas figuras destacadas, como Warren Farrel, han transitado los tres estadios ya mencionados: fue profeminista, en su etapa de NOW, luego promovió el masculinismo autónomo y finalmente se ha tornado postfeminista, criticando duramente el discurso feminista. Con una posición más contraria, puede mencionarse al sector antifeminista, que nace básicamente como una respuesta contraria al feminismo o bien con una perspectiva claramente contraria al feminismo aunque no lo critiquen sino tangencialmente. Sin embargo, su actitud contra el feminismo no marca siempre con claridad su discurso en términos de equidad, que puede variar desde un discurso claramente reaccionario a un discurso mixto, donde se mezclan elementos de retroceso con elementos de equidad. Su característica consiste en que defienden los derechos de los varones, desde un discurso que el feminismo percibe como una declaración de hostilidad.
El posicionamiento en alguna de estas opciones depende de diversos factores, que van desde la experiencia personal hasta la política. Pero también depende de una apreciación del cambio social en curso. Si se considera que nada ha cambiado en cuanto a las relaciones de género y que la condición de las mujeres es la misma que hace cuarenta años, es muy probable que, si se quiere trabajar a favor de la equidad de género, se adopte una actitud profeminista. Ahora bien, si se está de acuerdo con el planteamiento feminista de que “estamos a la mitad del río” y se aprecian los cambios en lo que pesan, además de captar que se están produciendo injusticias “compensatorias” contra los hombres, entonces se tenderá más a asumir una posición autónoma.
Desde luego, el comportamiento de los grupos de hombres frente al feminismo no siempre tiene razones ideológicas. Esta relación también puede estar marcada por razones de interés o acomodaticias, como sucede con alguna frecuencia con grupos que son considerados por instituciones públicas o privadas de mujeres como los hombres asociados, regularmente para dar una idea de inclusión que muchas veces no pasa de ser una operación de imagen. Obviamente, esos grupos no critican en público las políticas de esas instituciones, más allá de si tienen o no esas críticas.
Desde una perspectiva opuesta, existe un conjunto creciente de personas y organizaciones que consideran que el avance hacia la equidad de género pasa por un trabajo dirigido hacia el conjunto de la sociedad y ya no sólo desde, con y para las mujeres. Desde estos espacios se considera que ha llegado el momento de hacer un balance crítico de las políticas de género, que pasa inevitablemente por poner en discusión el discurso y la práctica del feminismo y sus distintas expresiones. Desde luego, para poder hacer algo como esto es necesario que los grupos de hombres sean capaces de vestirse con su propia ropa y no se mantengan cautivos intelectualmente del discurso feminista.
Esta necesidad de criterio propio guarda relación con la manera cómo se enfrenta un fenómeno como el provocado por el Círculo Masculino mexicano. Además de la actuación -más o menos agresiva- de los diferentes grupos feministas, los grupos que se han manifestado más beligerantes en torno al Círculo y su marcha, lo han hecho desde una posición profeminista y de condena cerrada de la convocatoria.
Un sector profeminista, en el que se ubica Daniel Cazés, ha emitido un comunicado con un título confesamente ilustrativo: “Caminamos con las feministas para construir la equidad, la igualdad y la democracia cotidiana”. Sin mencionar en ningún momento al Círculo Masculino, no hace otra cosa que encajar el impacto que está causando. En realidad, se trata de una defensa a ultranza del feminismo, cuyo objetivo es limitado: dejar claro que “el feminismo no es una guerra vengativa de las mujeres contra los hombres”. Resulta interesante que nadie alrededor de Cazés le haya advertido del significado simbólico de ese texto: un discurso sobre el feminismo puesto a la defensiva.
Sin embargo, no parece mucho mejor la idea de acosar y acusar al Círculo Masculino ante los organismos de gobierno, de Derechos Humanos o los Tribunales. Afirmar que el Círculo es un grupo de reaccionarios que promueven el odio y la discriminación de género es una simplificación riesgosa. En primer lugar, no capta la complejidad de un discurso que, al lado de mensajes retardatarios, habla de promover “la verdadera igualdad de género”, “eliminar la misoginia y la misandría”, etc. Pero, sobre todo, es riesgosa porque si se consiguiera prohibir la marcha se habría cumplido la profecía del Círculo: que son objeto de persecución y de abuso por parte del feminismo y sus aliados.
La necesidad de una postura clara ante el Círculo Masculino, recuerda bastante el debate en Estados Unidos sobre el movimiento masculinista mitopoético en la primera mitad de los años noventa. Un conocido profeminista, Michael Kimmel, se aventuró a editar un libro (poco conocido fuera de los Estados Unidos) que contenía esos debates. Titulado The Politics of Manhood , tenía un subtítulo mucho más explícito: “Los hombres profeministas responden al Movimiento Mitopoético (y los líderes mitopoéticos replican)”. En ese texto, Kimmel llega a considerar al movimiento mitopoético como un aliado y se justifica afirmando que “siempre he estado abierto a encontrar aliados en los lugares más insólitos”. En aquel entonces, desde una posición profeminista, no entendí lo que consideré un exceso de apertura ante un movimiento ideológicamente mixto y critiqué a Kimmel por ello. Quizás hoy mantendría esa crítica, pero introduciría una distinción decisiva entre aliados e interlocutores.
En efecto, desde una perspectiva de género, no es posible considerar al Círculo Masculino como algo parecido a un movimiento aliado. Más aún, la convocatoria de la marcha está hecha en unos términos ideológicamente confusos, donde aparecen demasiadas veces referencias retardatarias, que conducen necesariamente a tener que rechazarla. Es necesario ver si su defensa de la dignidad masculina, algo que puede ser positivo, se hace desde una perspectiva de equidad de género, lo cual implica también obligadamente una postura más seria y menos virulenta contra el feminismo.
Ahora bien, una cosa es rechazar la convocatoria y otra, muy diferente, es dedicarse a satanizar el Círculo y su marcha. Esa es una estrategia no sólo contraproducente, sino con una cuota de injusticia que me parece contraria al valor de la equidad de género. No hay duda de que el Círculo Masculino y su principal líder, que aparece con el seudónimo con el que firmó el libro, Lorenzo da Firenze, debe aclarar mucho más su mensaje notablemente ambiguo y contradictorio, más allá de negar en las entrevistas que sea machista o misógino en su defensa de los derechos del varón. Pero eso no nos da derecho a satanizarlo sin más. También porque si lo hacemos perderemos la oportunidad de discutir pública y abiertamente con ellos. Parece más inteligente lograr un debate con el Círculo en la radio o la televisión, que competir desde fuera por espacios semejantes. Y, mientras tanto, pensemos si en una democracia el movimiento del Círculo Masculino no puede ser considerado como simple interlocutor.
En todo caso, lo que parece evidente es que su discurso es más bien una crítica cerrada del feminismo que una proclama contra el valor de la equidad de género. ¿Eso es exactamente lo mismo? Estamos llegando a un punto crucial. Es cierto que parece difícil poder trabajar a favor de la equidad de género, enviando, sin más, el feminismo al basurero de la historia, pero también es cierto que ya hay mucha gente que piensa que se impone una crítica abierta del feminismo y sus expresiones, si queremos avanzar más rápidamente hacia la equidad de género. Es decir, no podemos satanizar cómodamente a todo aquel que critique al feminismo, a menos que consideremos de igual forma las críticas que están haciendo las propias feministas. Dicho concretamente: ¿hay que condenar así la crítica frontal que hace del camino que transita últimamente el feminismo, la discípula de Simone de Beauvoir, Elisabeth Badinter, en su más reciente líbro?
- El feminismo por mal camino.
Puede afirmarse que, en torno al cambio de siglo, ha comenzado a acumularse una producción importante de obras feministas que plantean una crítica central al discurso y la política desarrollada últimamente por el feminismo. En Estados Unidos, una de las principales críticas se refiere al efecto que ha supuesto el discurso acusatorio feminista: el incremento del conflicto entre los sexos. El rechazo a la idea de que el conflicto entre los sexos conduzca inevitablemente hacia una sociedad más equitativa, fue el principal motivo para que la abuela del movimiento estadounidense de mujeres, Betty Friedan, produjera un libro que fue inmediatemente superventas: Beyond Gender (Más allá del Género). El error de Friedan consistía en asociar el término género al discurso de sexo contra sexo de buena parte del feminismo norteamericano. Pero el fondo de su crítica apuntaba claramente a este último. Un trabajo dirigido mucho más directamente al efecto confrontacional de un discurso feminista atrincherado en los espacios conflictivos, fue el de Cathy Young, titulado significativamente Ceasefire (Cese el fuego), donde hacía un recuento del desenfoque de amplios sectores del movimiento feminista y mostraba sus dudas sobre si el término feminista significaba lo mismo que había significado para ella durante muchos años.
Pero quizás ha sido en Francia donde esta crítica haya sido más arrasadora. Tal vez porque la persona que la ha hecho sea una autora altamente reconocida dentro y fuera del feminismo: Elisabeth Badinter, quien escribiera el famoso XY y tantos otros títulos. Y también por lo claro y frontal de su crítica. El libro en que la describe, titulado Fausse Route (Camino Equivocado, aunque ha sido traducido por Alianza Editorial como “Por mal camino”) ha sido uno de los más leídos en Francia durante 2004. Y no se trata de una crítica de algunos aspectos del discurso feminista, sino de toda su evolución reciente.
En una entrevista sobre su libro, Badinter afirma: “Desde finales de los ochenta y comienzos de los noventa, el feminismo va a la deriva de un modo que me sorprende.
Cegado por sus buenos sentimientos –algunos dirían por su “conformismo”– está resucitando los viejos estereotipos prefeministas más trasnochados. La imagen de la mujer del siglo XXI oscila entre el niño impotente y la reina madre... Todo esto se ajusta tan poco a los objetivos que yo deseaba para las mujeres, que no he podido por menos que decir: ¡ya basta!”
Según Badinter, el feminismo se ha apartado del camino del feminismo republicano (Beauvoir) que buscaba la libertad, igualdad y fraternidad también para las mujeres. Y afirma: “La libertad es lo contrario de la penalización. Igualdad, lo contrario de la “paridad”. Fraternidad, lo contrario de división. Es preciso luchar para lograr la igualdad con los hombres, pero, por supuesto, no contra ellos”.
Cuando le preguntan si no tiene miedo a ser considera una traidora al feminismo, responde: “Me siento extraña a la ideología de este nuevo feminismo. Todas tenemos, unas y otras, los mismos objetivos de la igualdad de sexos; sin embargo, discrepamos radicalmente acerca de los medios que hay que emplear para lograrlo. Si yo no fuera feminista no me preocuparía ni lo más mínimo por esto, que me parece un peligro para nuestra causa común.”
Una de sus principales críticas se refiere al victimismo de algunos grupos feministas. Afirma: “Esta posición de víctima se aproxima, por primera vez, a la de heroína. Las víctimas siempre tienen razón. Aún más, tienen derecho al respeto. Así es como hoy se atrae la simpatía y la conmiseración. No es casual que una de las más célebres feministas radicales norteamericanas, Andrea Dworkin, hable de la población femenina como “supervivientes”. Sin duda alguna, cuando las feministas se movilizan en ayuda de las víctimas de la violencia objetiva, están haciendo lo que deben. Sin embargo, cuando extienden el concepto de violencia masculina a todo y a cualquier cosa, cuando trazan un continuum de la violencia que va desde la violación al acoso verbal, moral, visual…, entonces cualquier mujer un poco paranoica puede declararse víctima –real o potencial– de los hombres en general.”
Otra crítica central se refiere a la tendencia de los grupos feministas a considerar que no puede trabajarse por la equidad de género, sino a partir de la idea de nada ha cambiado, de que las mujeres están en la misma condición que hace cuarenta años. “Es alucinante –dice- observar cómo en el momento en el que las mujeres están a punto de lograr una revolución enorme, el discurso feminista actúa como si se tratase de falsos avances, como si no hubiera ninguna diferencia entre las condiciones femeninas hoy, ayer y en cualquier lugar del mundo”.
Respecto al trato y la imagen que las feministas hacen de la figura masculina no es menos contundente: “Se está poniendo globalmente en cuestión a la otra parte de la humanidad –“todos los hombres son unos cabrones”–. Es un intento de instaurar la separación de sexos. No obstante, aquí hay un auténtico reto: ¿cómo hacer avanzar la igualdad entre los sexos sin amenazar las relaciones de mujeres y hombres? Yo no estoy segura de que éste sea el objetivo de todas las feministas. Puede ser, incluso, el contrario”.
Badinter inmediatamente reflexiona acerca de cual es la razón por la que los hombres, que son los primeros perjudicados por esta ideología separatista y esta visión caricaturesca de la masculinidad, no protestan. Y su respuesta es que “están contagiados por el pensamiento feminista “bien pensante”, y se mueren de miedo ante la idea de pasar por “machos”, es decir, por cabrones reaccionarios. En el momento del debate sobre la paridad, cualquiera que manifestase su discrepancia era “fusilado” por los grandes diarios de izquierda, Le Monde y Libération. Hay que tener poco o nada que perder para afrontar estos ultrajes”.
O puede que se den las condiciones para que personas “contracorriente” se decidan a enfrentar esos ultrajes. Eso ha pasado en los Estados Unidos, ¿podría estar pasando ahora en México con el Círculo Masculino? En todo caso, una cosa está clara: el diagnóstico que Badinter hace de la orientación última del feminismo -o al menos de su cara más visible- es compartido por muchas personas que trabajan por la equidad de género y sería una falta a la honradez intelectual no aceptar que guarda relación con el fondo de lo que el Círculo llama “abusos feministas”.
Ciertamente, uno se queda con la descripción más aterrizada de Badinter, que además parte sin dudas del valor de la equidad de género, frente a la llena de resentimiento e ideológicamente dudosa del Circulo mexicano. Pero si ambas refieren a lo mismo, es necesario sacar las consecuencias al respecto, por graves que sean.
Una primera es que hay que aceptar que la reacción del Círculo Masculino tiene alguna justificación de fondo. Por su parte, el Círculo está completamente convencido de su razón de origen. En una carta dirigida a los grupos de hombres que los atacan, afirman: “Nuestro movimiento está causando oleajes. Por un lado, los nuestros generados por una razón justa y una causa histórico-social inevitable: si las mujeres y sus secuaces varoniles ya provocaron el tsunami feminista en nuestra historia y sociedad, lógico, sensato e igualitario resulta que los hombres respondamos a las posturas reinantes y los aguijones que dominan los ámbitos políticos, legales, artísticos y publicitarios. Nuestro movimiento no tenía otra alternativa que nacer.”
La consecuencia lógica de esa cuota de justificación, se plantea en términos de disyuntiva. Si los del Círculo logran aclararse y basarse sobre el valor de la equidad de género, quizás estén forzando una corrección necesaria en las políticas, la normativa de género y el feminismo mismo. Si no lo hacen, serán un ejemplo de cómo los errores políticos del feminismo cargan de razón a un grupo de retardatarios. Y mientras, se sigue agudizando el conflicto entre los sexos.
Dicho de otra forma, el feminismo no está más allá de la política: su actuación no tiene un cheque moral en blanco y debe estar sujeta a la reflexión y el debate, algo que significa estar dispuesto a aceptar que puede estar haciéndolo mal. Desde luego, no sería el primer movimiento histórico que se equivoca precisamente por seguir sacando rédito del hecho de que fue efecto y origen de una demanda justa; en este caso la discriminación histórica de las mujeres. Pero este hecho incontestable (que el Círculo Masculino debe reconocer sin ambigüedades) no puede confundir al feminismo respecto de que tampoco las poblaciones discriminadas están fuera del marco moral que implica que los medios y los fines deben tener una articulación armónica. Ya hace tiempo que, desde el enfoque de derechos humanos, hemos abandonado la vieja máxima de que el fin justifica los medios. Y para que un medio se justifique, necesita cumplir algunas condiciones. En primer lugar, no debe ser intrínsecamente perverso: una acción positiva que causa un daño innecesario en la población general, no se justifica. En segundo lugar, no puede ser desproporcionado: no puede imponerse, por ejemplo, una pena que cause un daño mucho mayor que el ocasionado por la ofensa. En tercer lugar, no debe ser contraproducente respecto de la consecución del fin: si el medio no acumula fuerzas para avanzar hacia el fin, resulta incorrecto, primero desde la racionalidad y luego desde la moral.
Concluyendo, hay que rechazar la marcha, sin necesidad de satanizar al Cículo Masculino. Pero también hay que empezar un debate sobre lo que cada vez genera más inquietud: la orientación política del feminismo y sus expresiones. Algo que nos conduce inevitablemente a discutir sobre estrategias políticas de género.
5. El debate político y la democracia de género.
Si hay algo que produce insatisfacción en la lectura del libro de Elisabeth Badinter es que se centra casi exclusivamente en el diagnóstico y muy poco en la discusión de alternativas. Sin embargo, ese debate resulta en esta coyuntura imprescindible. Es cierto lo que dice Badinter sobre que el feminismo ha abandonado los debates sobre estrategia política, para ir actuando por inercia, buscando atrincheramientos aparentemente inexpugnables. Pero ello no nos impide y más bien ha empujado ya a mucha gente a reflexionar desde espacios que no pertenecen al movimiento feminista. Por ejemplo, en Alemania, fue un grupo de hombres y mujeres, académicos, dirigentes políticos y sindicales, funcionarios públicos, los que a fines de los años noventa dirigieron una carta abierta a la Ministra del ramo, solicitando “en el interés de mujeres y hombres, un cambio de paradigmas y un relanzamiento de la política de género”.
Un primer paso de este debate debe referirse al verdadero escenario de cambio. Hay que abandonar cuanto antes aquella imagen conflictiva de un amplio movimiento reivindicativo que enfrenta una minoría explotadora; algo que inducía a no preocuparse mucho por la suerte de dicha minoría en el proceso de cambio. En el avance hacia la equidad de género el escenario es completamente distinto: mujeres y hombres son la mitad de la población y la suerte de unas y otros determina la suerte del conjunto. Los intentos de olvidarse de la otra mitad sólo pueden conducir al fracaso o a un nuevo tipo de sexismo.
Durante las primeras décadas de acción contra la discriminación de las mujeres, se consideró como válida la estrategia de acortar las brechas sociales existentes entre mujeres y hombres. El problema consistió en que esas brechas eran tan palpables, que nadie se preocupó del posible agotamiento de esa estrategia cuando esas brechas se redujeran, así como casi nadie se puso a pensar en la condición de los hombres, supuestamente bien instalados en sus privilegios.
Cuatro décadas después, mucha gente piensa que la estrategia no puede basarse sólo en la reducción de los déficits femeninos. En primer lugar, se ha producido un cambio apreciable en la condición de las mujeres, que está marcado por su desigualdad: entre las del mundo occidental desarrollado y los países más pobres; entre las mujeres urbanas y las del campo; entre las blancas y las que no lo son, etc., que obliga a evitar generalizaciones basadas en la falsa idea de que nada ha cambiado, como única forma de justificar la acción para la equidad de género. En segundo lugar, ya es evidente que colocar como medida de lo alcanzable la situación de los varones, no es más que otra forma de androcentrismo, como si los hombres fueran la quintaesencia del bienestar.
Curiosamente, es en este nuevo escenario que el feminismo empieza a regresar hacia el mujerismo de origen. Los derechos humanos que le interesan son únicamente los de las mujeres, con el argumento de que ellas no deben preocuparse de los del resto de la humanidad, es decir, los hombres. Esa dinámica empieza a conducir a niveles cada vez más preocupantes de conflicto, pero muchas expresiones del feminismo consideran que es a través del conflicto como se va avanzar hacia la equidad de género. Otros sectores que no desean esa vía, creen, sin embargo, que, más allá de las imperfecciones y las pasadas de mano, los hombres no van a tener más remedio que cambiar por la fuerza de las normas y las instituciones.
Con ocasión de la edición del segundo libro sobre Democracia de Género, por parte de la Fundación Heinrich Böll en México y Centroamérica, traté de mostrar hasta qué punto esa perspectiva es incorrecta. Frente a los que creen en el cambio inevitable de los hombres (Kimmel y algunas feministas sensatas), me parece una evidencia lo acertado de la tesis de Faludi: los hombres también pueden elegir la vía del conflicto, reaccionando contra el feminismo o bien disfuncionando por cuenta propia (al estilo del Club de la Pelea).
No es el momento de profundizar aquí en las causas que motivan una continuación del cambio paradigmático, pero en distintos países y con diferentes denominaciones, se ha ido reflexionando sobre una estrategia más inclusiva, que convoca a mujeres y hombres al trabajo por la equidad de género. No se trata del desarrollo de grupos de hombres que trabajen por aparte con la población masculina. Se trata de incrementar el trabajo en los espacios mixtos, institucionales, sociales, para establecer compromisos a favor de la equidad de género. Pero sobre todo se trata de tener claro que el escenario es el del conjunto de la sociedad y no únicamente el de la población femenina. O dicho de otra forma, de llevar a la práctica el consenso teórico de que la categoría de género no es sinónimo de mujer.
Durante los pasados años noventa se produjo una especie de incoherencia entre la idea de género (y de Género en el Desarrollo), como marco conceptual, y luego un trabajo real sólo pensando en las mujeres. Afortunadamente, con el cambio de siglo se ha acentuado la necesidad de superar esa incoherencia. Así, por ejemplo, en el encuentro Beijing + 5 de Naciones Unidas se puso de manifiesto esa necesidad, consignada en varios párrafos de su declaración. En su párrafo 49 se afirma: “Los procesos de formulación de políticas (para la equidad de género) requieren de la cooperación de mujeres y hombres en todos los niveles. Hombres y niños deben ser involucrados activamente y alentados a participar en todos los esfuerzos para lograr las metas de la Plataforma de Acción y su implementación.”
Surgida del debate sobre estrategias que tuvo lugar en Alemania y ampliada en América Latina con la contribución de feministas y personas interesadas en la equidad de género, se ha planteado como una alternativa, la propuesta de la Democracia de Género. Sin poder describir ahora extensamente esa propuesta, pueden mencionarse algunos elementos. La propuesta parte del reconocimiento de la discriminación histórica de las mujeres y del hecho de que el feminismo ha sido el movimiento social que colocó esta problemática en la agenda pública. Trata de poner en práctica la idea de que el enfoque de género incluye a todos los seres humanos, por lo que convoca a mujeres y hombres a una tarea que implica al conjunto de la sociedad. Examina con rigor los cambios sucedidos en materia de género y entiende la acción positiva con criterios de justicia, que eviten injusticias compensatorias hacia los hombres. No excluye los espacios autónomos de mujeres y hombres, pero centra su preocupación en las relaciones de género y el desarrollo de toda la sociedad. Es también genero-inclusiva en el plano metodológico: incluye todas las herramientas que permitan avanzar hacia la equidad de género: empoderamiento, igualdad de oportunidades, trabajo con los hombres, etc., y su combinación depende del diagnóstico que se haga en materia de género (y no solamente sobre la situación de las mujeres).
Desde esta perspectiva, parece más fácil evitar conflictos innecesarios entre los sexos y avanzar más claramente hacia la equidad, sin fugas hacia adelante, como plantea Badinter. Por supuesto que implica un debate con el movimiento feminista sobre estrategias políticas, desde una posición que no es la mayoritaria en ese movimiento. Pero, en términos de coyuntura, es capaz de entender mejor la naturaleza de un grupo como el Círculo Masculino mexicano y, sin necesidad alguna de satanizarlo, se coloca desde una posición mucho más firme y menos defensiva para discutir sus argumentos.