ESTRATEGIAS POLÍTICAS DE LA SOCIALDEMOCRACIA:               UNA RESPUESTA A CARLOS SOJO

Enrique Gomáriz Moraga

 

La identificación histórica de la socialdemocracia con el Estado de Bienestar ha sido tan fuerte que muchos políticos –y cientistas políticos- confunden o tienden a confundir ambas categorías. De hecho, los propios partidos socialdemócratas pasaron una etapa desgarradora cuando tuvieron que construir una estrategia política nueva, superadora de la visión clásica del desarrollo del Estado benefactor. Algunos sociólogos, del nivel de Bottomore, llegaron a pensar que la socialdemocracia nunca conseguiría ese objetivo: sustituir la estrategia política correspondiente a la época del Estado de Bienestar, por una estrategia nueva referida a un cambio de época, signada en términos generales por la globalización. Puede discutirse si la socialdemocracia ha conseguido ese objetivo o si más bien cabe hablar de varias propuestas en discusión, pero lo que no puede hacerse es confundir la estrategia socialdemócrata para un periodo histórico, con la propia socialdemocracia como matriz ideológica y política. Lamentablemente, eso es exactamente lo que hace Carlos Sojo en un reciente artículo de opinión (Sociedad legible y gramática socialdemócrata, La Nación 31/07/05). Por eso creo que conviene hacer un paréntesis en una reflexión en proceso sobre lo que significa ser socialdemócrata hoy día en América Latina y responder de inmediato respecto de lo que me parece una considerable confusión.

Sojo comienza por vaticinar que Costa Rica tiene por delante un futuro socialdemócrata y dice: “Todo parece indicar que la respuesta política a los males de nuestro tiempo a partir del cuatrienio que comienza en mayo del 2006 tendrá impronta socialdemócrata”. No es difícil estar de acuerdo con esa afirmación, pero siendo un poco ácido cabría imaginar en qué fórmula política precisa está pensando Sojo: ¿está indicando que va a ganar las elecciones Oscar Arias, el candidato de Liberación Nacional, o que también existiría impronta socialdemócrata si gana una coalición de partidos encabezada por el PAC? Porque la idea de que habrá orientación socialdemócrata tanto si gana la primera fórmula como la segunda es necesario procesarla más despacio, para no abundar en confusiones.

Pero lo importante ahora es que Sojo se pregunta inmediatamente sobre si esa impronta socialdemócrata tiene sentido en la actualidad y afirma: “Inspirado por la lectura que la ciencia social francesa hacía de la problemática de su país y las opciones políticas una década atrás, me parece oportuno reflexionar en torno a la viabilidad política de la socialdemocracia en Costa Rica”. Lo primero que habría que pedirle a Sojo es que no generalizara tanto: la ciencia social francesa es algo más que Fitoussi y Rosanvallon (y conste que ello no significa quitar mérito a la contribución de ambos autores). Pero lo central aquí es saber como evalúa Sojo la viabilidad política de la socialdemocracia en Costa Rica.

Para hacerlo, él habla de una “gramática socialdemócrata”, una especie de código que sería “una herramienta para el ordenamiento y la inteligibilidad, para la lectura de la sociedad, que se sustenta en tres pilares esenciales: crecimiento económico con pleno empleo, la construcción de identidades colectivas centradas en la localización en la estructura económica y una gestión política activa en la redistribución económica”. De nuevo cabría pedir un poco más de precisión: no estamos seguros si una gramática que permita leer la sociedad es algo que necesita incorporar elementos valóricos y cognitivos, además de programáticos o fácticos, limitados, por lo demás, al campo socioeconómico. Pero incluso aceptando que esos elementos fácticos y/o programáticos, principalmente económicos, sean una parte importante de esa gramática interpretativa, pensar que la socialdemocracia se quedó anclada en la base sustentada por esos pilares, resulta un grosero desconocimiento del esfuerzo hecho por ésta para conformar una estrategia política que responda al nuevo escenario y eso sólo puede hacerse por no haber seguido, ni a prudencial distancia, ese proceso, o porque, aunque no se explicite, se tiene en mente una estrategia política que, en efecto, no cabría dentro de la gramática socialdemócrata. A continuación, voy a referirme rápidamente a ambos extremos.

 

La socialdemocracia: origen y cambios de estrategia

Para ubicar el último cambio de estrategia de la socialdemocracia, parece conveniente referirse, aunque sea brevemente, a los cambios que ha tenido que hacer desde sus orígenes, partiendo del fundamento etimológico de la categoría.

El término socialdemócrata se estableció históricamente en el contexto del siglo XIX europeo, para referirse al emergimiento de nuevas formaciones políticas que buscaban la emancipación de los trabajadores, con un énfasis puesto en los sectores obreros que se generaban con la revolución industrial. En sus orígenes, era prácticamente un sinónimo de socialista o de partido obrero o, al menos, así se entendía en el contexto de la I Internacional (o Asociación Internacional de Trabajadores), que existió entre 1864 y 1876 y reunió durante un tiempo a casi todas las agrupaciones políticas de este tipo, incluyendo a socialistas y anarquistas (hasta la ruptura entre estos en 1872).

Sin embargo, es evidente que etimológicamente el término socialdemócrata se afirmó históricamente como una fusión de dos raíces: la que procede de lo social, incluyendo socialismo, y la que procede de democracia, desde una perspectiva proactiva. Para captar la razón por la cual muchos partidos adquirieron y consolidaron esa denominación es necesario situarse en el contexto político europeo del siglo XIX, en el cual la tendencia general de los sistemas políticos, tanto si eran republicanos, como –con mucha mayor razón- si eran alguna modalidad de monarquía, funcionaban sobre la base un sufragio restringido, muchas veces en grado extremo, que excluía a los sectores populares. Por esa razón, un lineamiento programático fundamental de los partidos obreros era la reivindicación del sufragio universal (de hombres, en aquel entonces), algo que el propio Marx impulsaba con determinación. Fernando Claudín escribió un interesante libro sobre el interés y la contribución que hicieron los partidos obreros al desarrollo de la democracia en Europa, algo que luego décadas de comunismo trataron de eliminar de la memoria de la izquierda.

El partido más exitoso con esa denominación (socialdemócrata) fue el alemán, sobre el que Engels haría bromas, medio en serio, acerca de que sus avances por la vía legal eran mayores que los diversos intentos revolucionarios de esa época. Es decir, en sus orígenes, ser socialdemócrata era portar el mensaje hacia la sociedad de que se era defensor de la causa social, así como de la superación de los regímenes políticos no democráticos.

A fines del siglo XIX, cuando el avance hacia sistemas de sufragio universal y la consolidación de partidos socialistas y socialdemócratas era mucho más evidente, se planteó pronto la necesidad de un decantamiento de estrategia política, sobre todo por parte de aquellos partidos que ya habían conseguido asientos parlamentarios. Este cambio estratégico correspondió al debate entre reformistas y revolucionarios, cuyo punto más alto acabó siendo el debate sobre el uso de la violencia para el cambio social. Ciertamente, en ese cambio de siglo, todavía la denominación socialdemócrata no se asociaría claramente a la vía democrática propuesta por los reformistas, como acabó sucediendo posteriormente. Además, este debate se cruzó, brutalmente, con el referido al internacionalismo, donde los partidos socialistas nacionales resultaron ser mucho más lo segundo que lo primero y acabaron aprobando los empréstitos para la guerra mundial en sus respectivos países.

La victoria de la revolución bolchevique significó la ruptura definitiva de la II Internacional y la constitución en 1919 de la III Internacional comunista. Desde ese momento hasta 1951, cuando pasada la Segunda Guerra Mundial, se constituye en Frankfurt la Internacional Socialista que hoy conocemos, tiene lugar un período de separación definitiva de la propuesta socialdemócrata de la correspondiente al comunismo, con sus distintas modalidades. La propia experiencia de la Europa del Este, donde la democracia pluralista era considerada un lujo o una desviación burguesa, convence rápidamente y por completo a los partidos socialistas y socialdemócratas de Europa y el resto del mundo, de que la justicia social y la libertad no pueden separarse. Ciertamente, ese convencimiento tiene un éxito menor en regiones subdesarrolladas, donde la revolución contra la pobreza parece mucho más urgente y se puede hacer un discurso contra la democracia pluralista, que buena parte de la izquierda latinoamericana continuó hasta los pasados años ochenta, por lo menos. Pero también en América Latina la propuesta socialdemócrata se ancló en algunos países con fuerza, como sucedió en el caso de Costa Rica.

El convencimiento acerca de la necesidad de profundizar en la fusión entre justicia social y democracia, que consolidó en todos los partidos socialistas y socialdemócratas europeos el rechazo del modelo soviético, ya antes de la segunda guerra mundial, se relacionó en el tiempo con el hecho de que dichos partidos empezaron a ser vistos como verdadera alternativa de gobierno por parte de los electores que antes les habían llevado hasta el parlamento. No obstante, las experiencias previas estuvieron marcadas por los escenarios convulsos del periodo de entreguerras, donde los socialdemócratas se vieron presionados entre los partidos fascistas y los partidos comunistas. Pero al terminar la segunda guerra, la constitución en 1951 de la nueva Internacional Socialista (IS), significó en cierta forma el símbolo de que el escenario se despejaba por completo para el acceso consistente y sostenido de los partidos socialdemócratas a la gestión gubernamental.

Ahora bien, eso colocaba a la socialdemocracia ante su verdadera prueba de fuego: si el impulso de las reformas sociales y económicas sólo podía hacerse por la vía democrática, es decir, ganando las elecciones y constituyéndose en gobierno, y ahora esa posibilidad estaba al alcance de la mano, entonces había llegado el momento de probar sus propias tesis y demostrar que un gobierno socialdemócrata significa un cambio sustantivo en términos de justicia social. Ciertamente, en la nueva Internacional convivieron durante mucho tiempo dos visiones respecto de las consecuencias últimas de ese salto a favor de la justicia social: para unos, sobre todo los partidos socialistas mediterráneos, tal salto significaba lograr la superación del capitalismo para acceder a un socialismo democrático; para otros, sobre todo el Partido Socialdemócrata Alemán, lo importante era la justicia social en sí misma, sin necesidad de imaginar si ello conllevaba o no la superación del sistema capitalista.

La crítica sostenida de los partidos a la izquierda de la IS, incluyendo por supuesto a los -durante mucho tiempo- poderosos partidos comunistas, consistió en afirmar que los partidos socialdemócratas no hacían otra cosa que administrar el capitalismo, suavizando sus contradicciones. Sin embargo, una mirada retrospectiva de los treinta años que siguieron al fin de la segunda guerra, no permiten una conclusión tan simple.

Sobre todo en los países de gran influencia socialdemócrata, dos cosas sucedieron en esas décadas que cambiaron por completo el cuadro de la justicia social previamente existente: por un lado, las condiciones de negociación entre trabajadores y empresarios fueron dando lugar a un contrato social de nuevo tipo, en el que el crecimiento de la demanda interna tenía lugar conforme aumentaba la productividad y se tejía un nuevo tipo de derechos, los llamados derechos sociales, que suponía la tercera generación (luego de los derechos políticos y los cívicos); por otro lado, la socialdemocracia en el gobierno estableció el verdadero Estado de Bienestar europeo, que era bastante más que el Estado keynesiano constituido en los Estados Unidos. Ese Estado de Bienestar adquirió voluntariamente la obligación de garantizar el derecho a un salario mínimo, a la vivienda, a la jubilación, a la salud, a la educación, etc., a todos los trabajadores primero e inmediatamente a todos los ciudadanos. Las políticas fiscales fueron el principal mecanismo usado por ese Estado para generar los recursos que garantizaran los derechos sociales. Esta perspectiva de universalidad establecía cada vez más un cambio sustantivo en términos de justicia social.

A comienzos de los años setenta se originó en Europa una discusión interesante entre economistas de izquierda, incluyendo los eurocomunistas, acerca de cuál podía ser la perspectiva de unas sociedades que, de forma estable, mantenían al mercado como un elemento secundario de formación de la demanda. Si el mercado se subordinaba cada vez más a la concertación entre capital y trabajo y a las orientaciones vinculantes del sistema político, surgía una interrogante: ¿podía hablarse en el futuro de sociedades capitalistas o, por el contrario, se estaba entrando en algún tipo de sociedad transicional o simplemente diferente?

Ciertamente, lo que ha sucedido desde entonces se ha orientado en una dirección bastante opuesta, pero ello no resta validez a la reflexión de comienzos de los setenta en el caso de que las condiciones del desarrollo del Estado de Bienestar hubieran seguido avanzando. Y, definitivamente, esa discusión constituía una señal de que las políticas socialdemócratas podrían convertirse en algo más que la simple administración del sistema establecido.

En los países en vías de desarrollo y especialmente en América Latina, también se produjeron algunas experiencias socialdemócratas importantes. Quizás el caso más diáfano lo constituya precisamente la experiencia de Costa Rica, por cuanto no estuvo apoyada sobre la base de un recurso tan rentable como lo fue el petróleo en el caso de Venezuela y, por otra parte, tampoco tuvo las presiones de partidos comunistas fuertes o grupos revolucionarios, como sucedió en el caso de Chile. Con frecuencia, se han comparado los resultados alcanzados por la experiencia socialdemócrata de Costa Rica con los correspondientes a los obtenidos por la revolución cubana. El establecimiento temprano en Costa Rica de un Estado de Bienestar, bastante insólito para la región, significó que los indicadores en educación, vivienda, salud, etc., compitieran con los de Cuba hasta la llegada de los años noventa, cuando la situación de período especial de la isla inició allí un deterioro de tales indicadores. Se ha insistido bastante, con toda razón, que la gran diferencia a favor de Costa Rica es que logró esos indicadores manteniendo una democracia pluralista; dicho de otra forma, logrando un desarrollo humano integral de mucha mayor calidad que el cubano.

En todo caso, lo que parece evidente es que el acceso de un partido socialdemócrata a la gestión gubernamental no constituye una verdadera experiencia socialdemócrata si se trata únicamente de administrar la situación establecida. Una verdadera experiencia socialdemócrata debe significar un cambio apreciable en términos de justicia social y eso, como lo muestra la experiencia, tiene verdaderos efectos y consecuencias en el desarrollo humano de un país.

 

El cambio de época y la respuesta socialdemócrata

Como hoy es evidente, la historia tomó un camino diferente al previsto por muchas formaciones políticas desde mediados de los años setenta, que, entre otras cosas, cambió drásticamente los retos a enfrentar por la socialdemocracia. Puede afirmarse que, a fines de los años noventa, las distintas propuestas surgidas desde la socialdemocracia y otras fuerzas de progreso, como los demócratas norteamericanos, ya reconocían abiertamente el cambio radical de contexto como un proceso global, cuya expresión inicial fue la crisis económica de los años setenta. Ahora bien, como han repetido muchos analistas y finalmente reconocido líderes socialdemócratas, un primer aspecto a subrayar es la lentitud e incluso la resistencia de fuerzas socialdemócratas para hacer una lectura adecuada de los profundos cambios en curso.

La crisis económica iniciada por el shock petrolero de 1973 tuvo efectos prácticamente inmediatos en el mundo construido después de la II Guerra Mundial, en buena medida desde la perspectiva socialdemócrata. Al concluir los años setenta, era un hecho la crisis del Estado de Bienestar que había cautelado el desarrollo socioeconómico de las anteriores décadas doradas. La dimensión mundial de la crisis económica comenzaba a mostrar sus clásicos reflejos en términos de tensiones entre las potencias y carrera armamentista.

Mientras la descomposición del clima social e ideológico dejaba perplejas a las fuerzas socialdemócratas, puede afirmarse, en términos esquemáticos, que se produjeron algunas versiones de la crisis en curso, que podrían describirse así:

a) La izquierda y su visión de la crisis profunda del capitalismo

Las fuerzas políticas a la izquierda de los partidos socialdemócratas, así como las corrientes de izquierda dentro de esos partidos, comenzaron haciendo una lectura interesada de la crisis económica de los setenta: el capitalismo entraba en su crisis definitiva. Entre los grupos de extrema izquierda eso solo podía ser una buena noticia, pero entre los grandes partidos, bien socialistas que todavía profesaban el marxismo o comunistas en la vía democrática (originalmente eurocomunistas), el asunto era más complejo, entre otras razones porque sus electores les llevaban a participar, de una forma u otra, de los poderes públicos. Sin embargo, la perspectiva no dejaba de ser optimista: la crisis del capitalismo conllevaría una crisis ideológica profunda de la derecha que daría paso a la extensión del socialismo democrático, basado en recetas económicas de estatización e intervención pública. El mayor efecto que tuvo esta tendencia consistió en acentuar la orientación tradicional de la socialdemocracia en cuanto al uso abundante de la administración pública.

b) La aparición reactiva de los nuevos movimientos sociales

La nueva crisis social produjo y fortaleció movimientos de protesta, unos directamente referidos a los efectos de la crisis y otros de mayor calado y antigua data. Los tres movimientos más reconocidos y que tuvieron diversas articulaciones según cada país, fueron el pacifista, el feminista y el ecologista.

El movimiento pacifista dio muestras durante los setenta y los ochenta de una gran diversidad y capacidad de movilización. Su objetivo principal se orientó a evitar la catástrofe nuclear que objetivamente podría destruir el planeta y quizás su foco más visible fue el desarme nuclear en Europa (o la lucha contra los euromisiles). El movimiento ecologista apareció como una respuesta al deterioro ambiental producida por el capitalismo tardío, que pronto mostró su dimensión más profunda en relación con la temática de los límites del crecimiento económico. En el plano político, el reclamo ecologista fue el que puso el énfasis de los movimientos e incluso de partidos emergentes, que adoptaron su tono verde.

De un calado civilizatorio no tan evidente en un principio, sino planteado más en términos reivindicativos, ascendió también el movimiento feminista, sobre todo en Estados Unidos y Europa. Si bien este movimiento no produjo efectos inmediatos en la esfera política, constituyó rápidamente una fuerza movilizadora que establecía frecuentes alianzas con el pacifismo y el ecologismo. De hecho, los partidos verdes más importantes incorporaron en sus plataformas contingentes feministas considerables.

En todo caso, la cultura de esos nuevos movimientos sociales no era tan optimista y reflejaba una especie de frustración entre el salto en las expectativas sociales que se había expresado con la "primavera del 68" y la inmediata crisis socioeconómica desatada en los años setenta y ochenta. El efecto que estos movimientos tuvieron sobre los partidos socialdemócratas fue completamente desigual. En ciertos casos lograron incluir algunas de sus preocupaciones en los programas socialdemócratas, como fue el caso del desarme unilateral en el Partido Laborista inglés, o de una forma más amplia, las políticas de igualdad de oportunidades para las mujeres. En otros casos significaron una competencia política no deseada, como sucedió con el Partido Verde en Alemania. Pero esa nueva cultura no logró incorporarse de una manera estructural en la agenda política de los partidos socialdemócratas, que nunca entendieron muy bien por qué esos movimientos emergían al margen de la cultura tradicional socialdemócrata. La conocida frase de Willy Brandt, "ellos son los hijos perdidos de la socialdemocracia", es bastante ilustrativa al respecto.

c) La victoria ideológica de la derecha neoliberal

Desde mediados de los años setenta la interpretación de la crisis tuvo una versión radicalmente opuesta desde escuelas económicas primero y grupos políticos después, que comenzaron a denominarse como nueva derecha. Según estas fuerzas, la crisis era producto directo de las políticas keynesianas que constriñeron por décadas el funcionamiento del mercado y los intereses individuales de las personas. Así, el regreso al espíritu capitalista puro y duro era la única medicina que podría recuperar la maltrecha economía. Con las fuerzas del mercado completamente liberadas, no sólo mejoraría el panorama económico sino que se sanearía la sociedad en su conjunto. El mercado y no el Estado será lo que domine no sólo la economía sino también la política.

Tras años interminables de intervención estatal, el mercado permitirá la recuperación de las fuerzas de la sociedad civil para refundar los principios morales. En este punto, el de los valores, la derecha neoliberal aparecía con dos alas: una que llevaba la lógica del individualismo hasta sus últimas consecuencias, incluyendo aquellas que atacaran algunos valores tradicionales; y la otra, que prefería la combinación entre neoliberalismo socioeconómico y valores históricamente conservadores. Esta última es la que prevaleció políticamente y consiguió, durante los años ochenta, la hegemonía ideológica en distintos países del Hemisferio Norte (de una manera rotunda en Estados Unidos e Inglaterra).

Así, para sorpresa de muchos izquierdistas, los años ochenta, lejos de presenciar una crisis política del capitalismo, evidenciaron un giro a la derecha del escenario mundial, que, además, tendría un enorme premio al finalizar esa década: el derrumbe del sistema soviético.

Es cierto que los efectos de las políticas neoliberales no tardaron en hacerse sentir: segmentos sociales importantes supieron lo que era realmente quedar a su suerte, así como se ampliaba dramáticamente la brecha entre países ricos y pobres, colocando a regiones enteras, como sucedió con África, al borde del abismo. Pero las crisis sociales o las migraciones masivas se interpretaban desde la perspectiva neoliberal como efectos lógicos de un organismo que tiene que desprenderse de sus partes dañadas o inadaptadas para conseguir sanearse.

En todo caso, esta ideología neoliberal triunfante era la única que hacía una lectura optimista de las complejas transformaciones en curso: los elementos de la crisis mostraban el verdadero camino a seguir, sin alternativas posibles y como horizonte de futuro (lo que le daba ese carácter de pensamiento único). Este estrecho abrazo a la crisis produjo de inmediato una dificultad agregada en cuanto al problema de distinguir entre un proceso estructural y la interpretación neoliberal del mismo. Como afirma Adam Przworski "se trata de una era no solamente de globalización sino también de respuestas neoliberales a la mundialización y creo que hay que hacer una distinción entre ambas" (1999).

Ahora bien, como se verá más adelante, hacer esa distinción no es precisamente algo sencillo, no sólo respecto de la crisis económica sino en cuanto a las transformaciones del mundo simbólico. Por ejemplo, la crisis de valores colectivos es un fenómeno que se produce con el truncamiento de las altas expectativas previas, pero, indudablemente, que se acentúa notablemente con la extensión de la ideología neoliberal. Dicho en breve, esta lluvia sobre mojado puede producir una inundación, en donde no se sepa muy bien cuál de los dos factores (mundialización y orientación neoliberal) es el preponderante.

d) Los esfuerzos de adaptación de la socialdemocracia

En la segunda mitad de los ochenta, las fuerzas socialdemócratas comenzaron a dar muestras de la necesidad de revisar sus propuestas políticas, aunque lo hicieran sin entender demasiado bien la naturaleza de los cambios. Algunos autores (Kitschelt, Giddens, Gillespie, Paterson) han mostrado estos cambios programáticos en los que la socialdemocracia "dio un paso más allá del campo de la distribución de recursos para dirigirse hacia la organización física y social de la producción y las condiciones culturales del consumo en las sociedades capitalistas avanzadas" (Kitschelt).

Con características propias, referidas sobre todo a las condiciones políticas de cada país, las principales fuerzas socialdemócratas europeas empezaron a revisar sus planteamientos. Ahora bien, estos debates constituían más bien un esfuerzo de adaptación que una lectura clara de la naturaleza de los cambios en curso. Hay que coincidir con Giddens en que "los debates políticos que tuvieron lugar en Europa a finales de los años ochenta y a comienzos de los noventa sin duda reconstruyeron sólidamente la socialdemocracia, pero también produjeron una gran confusión ideológica". Y para ejemplarizar, Giddens cita a un participante alemán en la iniciativa del Programa Básico del SPD, el cual afirma: "la decisión de embarcarse en el programa se tomó en una situación en la que es extraordinariamente difícil trazar un bosquejo claro de las tendencias en el mundo y en la sociedad. Ése es el dilema en que se encuentra el partido. Sabe que en estos tiempos cambiantes una reorientación parece necesaria, pero el propio cambio hace que la reorientación sea difícil de consumar. La ciencia no ofrece un diagnóstico de la época, ninguna comprensión común de lo que está ocurriendo ni cuáles serán las futuras tendencias" (Giddens, La Tercera Vía. La renovación de la socialdemocracia,Taurus, 1999).

e) Principales respuestas socialdemócratas

Diez años después este panorama era completamente diferente. La reactivación propositiva de la socialdemocracia ya no estaba referida simplemente a los esfuerzos de adaptación, sino que se expresa en términos de ofensiva política y se basaba en un análisis de los cambios societales. Ciertamente, este no fue un proceso tan articulado en todos los partidos socialdemócratas, pero aparecieron polos de referencia que han tenido una influencia decisiva en los planteamientos socialdemócratas de todo el mundo. Puede afirmarse que las principales referencias al respecto son: la Tercera Vía del Nuevo Laborismo británico, el nuevo centro del SPD alemán, la tendencia socialdemócrata más reguladora (con el PS francés a la cabeza) y, finalmente, la Comisión Progreso Global, como un esfuerzo impulsado desde la propia IS.

Una descripción más amplia de estas cuatro principales respuestas al proceso de cambio de época, desarrolladas en el campo de socialdemocracia, puede encontrarse en el estudio realizado para la Fundación Ebert (Principales corrientes socialdemócratas ante el presente cambio epocal, 2002). Lo que importa ahora es subrayar que, después de una etapa de doloroso reconocimiento del cambio, la socialdemocracia superó su visión clásica basada en una situación de crecimiento económico con pleno empleo, la construcción de identidades colectivas centradas en la localización en la estructura económica, etc., contrariamente a lo que supone Carlos Sojo.

De hecho, el mismo año en que Blair y Jospin subían al poder (1997), la Internacional Socialista decidía constituir una entidad, la Comisión Progreso Global, que se ocupara de interpretar el cambio de los tiempos. Uno de los méritos de esa iniciativa refiere a su interpretación más amplia que el fenómeno de la globalización económica: lo que está sucediendo es un cambio de época o de era y no sólo un salto en la mundialización financiera. El resultado de ese esfuerzo de análisis y debate va a depositarse en el seno de la Internacional Socialista, cuando, a fines de 1999, tiene lugar el XXI Congreso de esa organización, en una declaración especial sobre Globalización y Progreso Global (La Declaración de París). En efecto, encargada a Felipe González, dicha declaración recoge textualmente el diagnóstico realizado por la Comisión de Progreso Global, y, en su primera parte, denominada "Los desafíos de la Globalización", se afirma: "1. La humanidad está viviendo un cambio de era, marcado por el fenómeno de la globalización. Pasamos de la sociedad industrial a la sociedad de la información, del conocimiento, con rapidez y profundidad desconocidas en anteriores cambios históricos”. Frente a ese proceso, el gran reto de la socialdemocracia es cómo recuperar la preeminencia de lo político, o, dicho de otra forma, cómo gobernar la globalización, algo que puede parecer una contradicción interna: si la globalización es en esencia liberación de las fuerzas del mercado y, sobre todo, del capital, cabe preguntarse cómo puede controlarse. Es por esa razón que, en el fondo, la Comisión Progreso Global también puede ubicarse como una proposición reguladora en el plano mundial.

En todo caso, lo importante es reconocer con claridad que la socialdemocracia ha sido capaz de identificar los nuevos retos que enfrenta en esta situación y medir su impronta en función de ellos. Una relación sumaria de los principales retos serían los siguientes:

  1. Valores socialdemócratas: la relación entre fines y medios en el nuevo escenario
  2. El esfuerzo por cautelar la globalización: articulación entre productividad y cohesión social.
  3. Por una comunidad mundial segura y en paz
  4. El regreso a la política para fortalecer la democracia
  5. Cómo liderar el cambio civilizatorio

Estos elementos podrían verse como un listado de principales factores de chequeo o de control para comprobar el sentido definitorio del comportamiento socialdemócrata en la época actual. En todo caso, hay que insistir en que: a) esos nuevos retos son globales, pero tienen su concreción específica en cada país; b) suponen una superación de la visión clásica para constituir un verdadero programa de reformismo renovado.

Ahora bien, cabe preguntarse si la significación que hace Carlos Sojo del reformismo renovado es la que corresponde a un país como Costa Rica y, aunque a él le importe menos, si responde al enfoque de la socialdemocracia renovada.

 

La nueva respuesta para Costa Rica

Cuando Sojo trata de explicar que significa para él la propuesta neoreformista, menciona cuatro elementos: a) la necesidad de superar la disociación entre política económica y política social (que él refiere a los consejos de gobierno); b) la búsqueda de la integración social sin partir necesariamente del pleno empleo; c) la necesidad de una redistribución que no sólo se base en una óptica subvencionista; d) la reconfiguración del espacio social que favorezca la gobernabilidad y la democracia.

Ciertamente, no parece que estos cuatro elementos contengan el conjunto de las claves de una propuesta reformista para Costa Rica. Suponemos que Sojo tuvo que abreviar por falta de espacio. Por eso este comentario se limitará a los elementos que propone, extendiéndose únicamente en el último, porque parece decisivo.

Sobre el primer elemento, es fácil concordar con Sojo acerca de que “la acción gubernamental no podrá diluirse más en la absurda disociación de la acción de gobierno en dos consejos: el económico y el social”. Incluso hay que ser más amplio: es necesario superar la disociación entre las políticas económica y social. Al respecto, sólo dos observaciones: 1) esta idea no es nueva y hace tiempo que la plantea la socialdemocracia de nuestro tiempo; 2) es importante evitar planteamientos bienpensantes que tienden a edulcorar la realidad: no es cierto que la actividad económica tenga los mismos móviles que la social. Dicho de otra forma, no están los tiempos precisamente para creer que la obtención de beneficios (de utilidades) puede subordinarse a criterios de cohesión social. La superación de la disociación de las políticas no es por tanto sencilla y necesita de grandes dosis de imaginación política.

Respecto del segundo elemento, hay que comenzar informándo a Sojo que luce muy desactualizado cuando afirma que “el modelo socialdemócrata entiende la integración social a partir del pleno empleo asalariado”. Esa visión de los dorados sesenta hace tiempo que fue superada por la socialdemocracia, como hemos visto en el recuento anterior. La actual estrategia socialdemócrata se basa precisamente en “reconocer la heterogeneidad del trabajo y de los compromisos sociales que conlleva”. Y sin embargo, hay que subrayar que la creación de empleo sigue siendo una clave decisiva para fomentar la integración social (y eso no nos obliga a imaginar la necesidad de partir del pleno empleo). En todo caso, espero que estemos de acuerdo en que no hay que hacer de la necesidad virtud: el que no sea realista conseguirlo no quiere decir que el pleno empleo sea, en si mismo, algo indeseable.

En cuanto al tercer elemento, también hay que concordar con Sojo en que “hay que sustraerse de la idea de que la distribución solamente funciona en relación con el gasto público directo, es decir, con la entrega efectiva de subvenciones que por cierto no van únicamente a los pobres”. Pero hay que señalar que su alternativa, basada en inversiones públicas a largo plazo en campos críticos (educación, salud, etc.) y en el favorecimiento de los grupos que experimentan exclusión social, tampoco es nueva ni deja de ser socialdemócrata. De hecho, la propuesta socialdemócrata de la articulación de políticas universales y acciones focalizadas contra la exclusión y la pobreza va más allá, al subrayar que ello significa, en términos estrictamente sociales, no dejar de trabajar por mejorar la situación de los estratos que hay entre los de mejores ingresos (potencialmente ganadores con la globalización) y los sectores excluidos (casi seguros perdedores). Porque son precisamente esos sectores intermedios los que resultan claves para afirmar la cohesión social. Y esto no es simplemente repetir el viejo sueño de la Costa Rica de clase media, sino identificar con rigor los espacios sociales de articulación, sin dejar de reconocer su heterogeneidad.

Hasta aquí, lo que resulta verdaderamente curioso es que las tres tesis de Sojo son sorprendentemente parecidas a las contenidas en el texto de la resolución del V Congreso Daniel Oduber de Liberación Nacional y en especial de su capítulo II sobre la búsqueda de un desarrollo nacional incluyente y sostenible. No estamos sugiriendo, por supuesto, que Sojo haya obtenido sus ideas de este texto; más bien, todo lo contrario: nos preguntamos si acaso lo habrá leído, para poder comprobar que un texto que reiteradamente subraya su impronta socialdemócrata se orienta claramente desde una perspectiva de reformismo renovado.

Si, ya sé que es fácil imaginar a Juan Manuel Villasuso, moviendo significativamente sus cejas, mientras nos señala: “¡Claro, siempre es posible decir cosas socialdemócratas en un Congreso, pero habrá que ver lo que realmente hace el gobierno de Oscar Arias si gana las elecciones!” Desde luego, esa es una observación perfectamente legítima, pero eso significará que el gobierno Arias podría ser examinado bajo los criterios de un Congreso que él mismo aprobó presencialmente en el Hotel Corobicí. Y eso es posible sin necesidad de confundir, tampoco, la diferencia que hay entre una resolución congresual y un programa de gobierno.

Ahora bien, respecto del cuarto elemento parece necesario detenerse un poco más. Y no tanto por lo que plantea Sojo, como, en general, por la temática que levanta. Podemos estar de acuerdo en que una opción neoreformista (podríamos decir una socialdemocracia actual) también “alude a la formación de oportunidades anclada en bases territoriales cercanas a la gente”, es decir, al plano local. Pero es necesario saber que papel se está otorgando al espacio local en el contexto general del sistema democrático.

Sojo afirma al respecto: “La gobernabilidad costarricense no mejorará sólo como resultado de una mayor eficiencia en el Ejecutivo y una mejor representación en el Legislativo. Requiere también Gobierno y Administración en el plano local”. En principio, sólo es posible estar de acuerdo, pero creo conveniente despejar un poco más el campo.

En primer lugar, supongo que cuando Sojo habla de una “mejor representación en el Legislativo” no seguirá planteando aquellas viejas tesis participacionistas que defendió en los noventa, según las cuales había que incorporar directamente a la Asamblea Legislativa sectores de la sociedad civil organizada (ni siquiera a través de un partido, como hizo posteriormente el Partido de Acción Ciudadana). Recuerdo un fuerte debate en un salón de la Asamblea, donde critiqué a Sojo por lo que me parecía una suerte de falsa resolución de la crisis de representación política. Afirmé que la tendencia a enfrentar la crisis de los fundamentos de la representación, mediante el aumento de la participación directa, no resolvía la primera y conducía a la desvalorización de la representación, algo que sólo contribuía, en último extremo, a fragilizar la democracia. Ciertamente, en aquel momento estábamos todavía lejos de imaginar que, en la senda ilimitada del participacionismo, alguien llegara consecuentemente a plantear el desconocimiento de los resultados electorales. Hoy sabemos que esto es posible (y que mis previsiones no eran exageradas). En ese sentido, creo que es acertada la metáfora de Kevin Casas acerca de que ya es hora de ponerle coto a la locura que desciende a instalarse cómodamente en nuestra sala, antes de que tengamos que lamentarnos de verdad. Y desde luego, para que no haya dudas, la propuesta de un equilibrio entre fundamentos de la representación y de la participación sí corresponde a una impronta socialdemócrata, que hace honor a la lucha por defender y profundizar la democracia que han mantenido los socialdemócratas desde su origen.

Una situación semejante se ha planteado con el tema del desarrollo local. Es cierto que Sojo no explica ampliamente cual es el alcance que otorga a esta perspectiva, por lo que no podemos saber si su indicación se inscribe o no en el enfoque del desarrollo local alternativo. Pero es conveniente aclarar el punto (independientemente de cual sea la posición de Sojo), porque tiene una importancia considerable en términos de gobernabilidad democrática.

Ya en los años ochenta, pero, sobre todo, desde el inicio de los años noventa, “la temática del desarrollo local ha venido ganando espacio en las agendas de los gobiernos nacionales y locales en América Latina y de los organismos internacionales que trabajan en la región”, como afirman Gallicchio y Camejo (2005). Esta temática se ha ido transformando en un enfoque alternativo de desarrollo, que tiene raíces múltiples: desde una forma de respuesta a la crisis del Estado en América Latina a partir de los ochenta, hasta un espacio privilegiado para implementar los procesos participativos. Por ello, es frecuente encontrar definiciones, que entienden el desarrollo local como “un proceso participativo que genera y fortalece las capacidades y amplia las oportunidades socio-económicas en espacios determinados dentro del territorio nacional, para mejorar la calidad de vida de las presentes y futuras generaciones. Implica una dinámica de concertación entre agentes que interactúan dentro de los límites de un territorio determinado, con el propósito de asegurar la gobernabilidad local. Requiere de una articulación de políticas y programas de desarrollo a nivel nacional, regional y municipal; así como la conservación del patrimonio cultural y ecológico” (Estrategia Nacional de Desarrollo Local, de El Salvador).

Así, durante todos los años noventa tiene lugar una convergencia hacia el desarrollo local, de parte de diversos actores: por un lado, las grandes agencias de cooperación multilaterales y bilaterales, así como los grandes bancos que funcionan en la región (principalmente BID y Banco Mundial), que ven en el desarrollo local otra vía más para compensar las políticas de reducción del Estado central; por otro lado, los sectores más participacionistas que buscan espacios alternativos al hecho de que pierden sistemáticamente las elecciones nacionales; junto a los defensores de una descentralización basada en el desarrollo propiamente municipal.

En este contexto, es interesante recordar que el enfoque de desarrollo local nace precisamente en Europa como respuesta a la crisis del Estado de Bienestar. Como afirma Umaña: “La teoría del desarrollo local surge a mediados de los 70 en Europa, se expande en Sudamérica en los 80 y llega a territorio centroamericano a inicios de los 90” (2003). Su origen, especialmente en Francia, no puede ser más claro: en la segunda mitad de los setenta, en medio de la crisis de la sociedad industrializada, la Administración francesa lanza la tesis de “cada uno debe crear su propio empleo”, algo que se aplica muy fácilmente al espacio local. Con posterioridad, la idea del desarrollo económico local se traduce en el enfoque de Desarrollo Local, ampliando sus contenidos a los planos social, político y cultural.

Esa ampliación se desarrolla en los noventa en el escenario centroamericano con una perspectiva más ambiciosa: recoge la necesidad de sectores que buscan espacios de actuación política. Como afirma Umaña, “El DL es un cuerpo teórico en formación al cual Centroamérica se incorpora no únicamente como área de aplicación, sino de construcción teórica. Y en este proceso no sólo es de buscar tendencias hacia el futuro sino de delimitar herencias con el pasado. Esto es muy importante, porque cuando no se saldan cuentas con el pasado y no se cierra adecuadamente, lo obsoleto, vuelve a resurgir como contenido, disfrazado con un título nuevo. Esto precisamente está pasando con el desarrollo local en Centroamérica. Teorías del desarrollo y metodologías de trabajo de campo tradicionales como el “desarrollo comunal”, el municipalismo, el extensionismo rural, “el poder local y la organización de base” resurgen, sólo que ahora se le denomina desarrollo local: viejas prácticas con nuevos nombres, con la ilusión de mantener viejos sueños” (2003).

Dos asuntos hay que aclarar en este contexto: por un lado, el efecto del participacionismo en la gobernabilidad local, y, por el otro, la relación de lo anterior con la gobernabilidad nacional.

Como es sabido, desde los años noventa, varias agencias de cooperación se lanzan a apoyar la propuesta de los procesos participativos municipales, principalmente referidos al ejercicio presupuestario. Ello tiene impactos de diversa naturaleza: unos, positivos, que aumentan la transparencia y la participación de sectores organizados a nivel local y otros, negativos, puesto que los planes participativos se resuelven en espacios locales, donde el gobierno local es simplemente un actor entre otros. Ello provoca de inmediato la demanda de los alcaldes: ¿y entonces para que sirve mi programa de gobierno, por el que fui elegido, si luego el plan de desarrollo municipal se procesa en un contexto diverso? Y la pregunta está cargada de razón: por ese método se fragiliza el fundamento de la democracia pluralista de elección entre propuestas de gobierno. Hay que insistir en que la participación directa es la alimentación de la democracia o su deterioro radical si no se sabe articular adecuadamente.

Respecto al desarrollo local en relación con la gobernabilidad nacional, existe una tentación creciente, ideológicamente postmoderna, que también fragiliza la democracia. Se trata del matrimonio por interés entre lo global y lo local. Esa posibilidad realmente fascina a muchos partidarios del enfoque del desarrollo local. Por ello, ideas como “lo local emerge como la otra cara de lo global, ambas formando parte de una misma realidad”, o “son las dos caras de una misma moneda” (Enríquez), son tan fáciles de encontrar. Algunos llegan a usar las tesis de los conservadores norteamericanos para sacar del escenario a la antigua contraparte: el Estado nacional.

Así, puede llegar a afirmarse: “El Estado Nación está cuestionado desde varios aspectos. Daniel Bell dice: “El Estado Nación es demasiado pequeño para los grandes problemas de la vida y demasiado grande para los pequeños problemas de cada día”. Es, por tanto, el propio proceso de globalización y los cambios que se están dando, los que potencian el rol de los territorios locales” (Gallicchio, 2003). No deja de tener interés la propia cita de Bell, porque resulta difícil que la gente pueda controlar el destino de toda su vida, pero tampoco decide su vida únicamente en el día a día; más bien, la gente organiza su vida por períodos de mediano plazo, de acuerdo a intereses y deseos en su vida profesional, amorosa, etc. Es decir, siguiendo el símil, la gente todavía necesita del Estado Nación. Ciertamente no es el momento para desarrollar a profundidad esta problemática, pero no hay duda de que la tentación de fascinarse con la díada global-local abre un camino más hacia la fragmentación de identidades colectivas, que son todavía la base fundamental de la convivencia democrática.

Estar a favor de la descentralización y el desarrollo local no nos obliga a caminar por estos derroteros. De hecho, no está muy claro por qué tiene que ser contradictorio el desarrollo local con la identidad nacional. ¿O es que eso sólo vale para los países centrales? Porque si hay un país donde el desarrollo local, desde el municipio hasta el estado confederal, tiene un fuerte desarrollo, es los Estados Unidos de Norteamérica; y supongo que nadie negará el peso de la identidad nacional y del Estado Nación en este país.

Por ello, el enfoque del desarrollo local tiene sentido únicamente si no fragiliza el gobierno municipal y no juega a disociarse de las estrategias nacionales. Como se sabe, el localismo hace mucho tiempo que representa un riesgo para el procesamiento de las decisiones colectivas nacionales. Y todo ello no debe impedir que se avance seriamente en el proceso de descentralización, que –tampoco hay que ser inocente- crea indudablemente una tensión creativa entre autonomía local y políticas nacionales.

Como se ha dicho, hace mucho tiempo que la socialdemocracia no separa la defensa de la democracia del desarrollo socioeconómico. Resulta interesante que ahora el Secretario General de Naciones Unidas afirme que el desarrollo económico de los pueblos no es sostenible sin instituciones y convivencia democrática estables. Esa vieja tesis socialdemócrata adquiere renovada validez en el contexto de la crisis de la democracia en América Latina de la que nos advierte el informe regional del PNUD. Ello respalda el esfuerzo para desarrollar el cambio de estrategia política que está impulsando la socialdemocracia en estos tiempos de globalización. Ciertamente, hay otras propuestas para responder a los nuevos tiempos, pero no hay ninguna evidencia de que tengan más viabilidad que las propuestas socialdemócratas para resolver los problemas en América Latina y concretamente en Costa Rica. Carlos Sojo podría releer su propuesta de reformismo renovado, porque quizás sucediera que, al final del día, terminara sospechando que también es socialdemócrata, o incluso que estuviera haciendo algunas propuestas poco viables.

 

Artículo de Carlos Sojo "Sociedad legible y gramática socialdemócrata" http://www.nacion.com/ln_ee/2005/julio/31/opinion2.html

 

 
     

 

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