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LAS
DIFICULTADES IDEOLOGICAS DE JOSEF RATZINGER Enrique Gomáriz
Moraga
Existe
una idea bastante extendida, dentro y fuera del mundo religioso, acerca de que
las dificultades del nuevo Papa de la Iglesia Católica, el antiguo Cardenal
Josef Ratzinger, no procederán de su capacidad doctrinal, sino de su falta de
carisma. Un comentario crítico, de Garton Ash, subrayaba: “Josef Ratzinger
tiene todo el conservadurismo de Karol Wojtyla y nada de su carisma”; y agregaba:
“Ante el gran público, su voz suave y precisa, sus aires de profesor y sus
gestos indecisos no tienen nada que hacer al lado de la capacidad de
comunicación del gran actor que le precedió” (El País, 24/04/05).
Y
podría ser cierto que, efectivamente, un problema del nuevo Papa esté referido
a su carisma y a su capacidad masiva de comunicación, aunque la investidura del
poder hace verdaderos milagros mediáticos, pero un análisis más riguroso del
papel desempeñado por Ratzinger en el contexto de la crisis de vocaciones de la
Iglesia Católica, lleva a concluir que el centro de los problemas de Benedicto
XVI y la institución religiosa que encabeza es principalmente de naturaleza
ideológica.
En
realidad, todo indica que si algo consiguió el carisma del anterior Papa
viajero, fue aminorar la gravedad de la crisis de su iglesia. Los censos y
encuestas en América Latina muestran que entre un cuarto y un tercio de los
católicos se pasaron a otras agrupaciones religiosas en los últimos veinte años
(principalmente hacia sectas de orientación protestante). Pero cabe preguntarse
que hubiera ocurrido si Juan Pablo II no hubiera protagonizado las
espectaculares visitas que prodigó en la zona.
Significativamente,
la región donde todo eso tuvo un efecto mínimo fue Europa, donde el descenso de
fieles y, sobre todo, de vocaciones, ha sido verdaderamente espectacular en los
últimos treinta años. Es decir, durante el tiempo del papado de Wojtyla y su
escudo de la fe, Josef Ratzinger. Es cierto que los multitudinarios encuentros
en la Plaza de San Pedro consiguieron disimular ante el resto del mundo esa
situación, pero como dijo el propio Ratzinger “Los datos estadísticos muestran
tendencias irrefutables. Cada vez son más los que admiten la disminución del
porcentaje de los cristianos bautizados en la Europa actual: en una ciudad como
Magdeburgo el porcentaje total de los cristianos es tan sólo el 8% de la
población total, incluyendo todas las confesiones cristianas” (R., 2001). No es
extraño entonces que Ratzinger hiciera de esta “decadencia religiosa de Europa”
una de sus principales obsesiones y que algunos analistas hayan especulado con
el peso que ha tenido en la sucesión papal el hecho de elegir a un europeo.
La
cuestión, en todo caso, es que lo que ha fallado en el contexto europeo es
precisamente el discurso ideológico de la Iglesia Católica. Y no fue porque
Juan Pablo II hubiera escogido mal cuando buscó un cancerbero doctrinal:
Ratzinger es uno de los mejores intelectuales que tiene su iglesia, eso parece
estar fuera de duda. El problema es que fue elegido precisamente para mantener
un discurso que convence cada vez a menos gente y el hacerlo más sofisticado no
cambió las cosas. De hecho, es difícil saber si el discurso más sofisticado de
Ratzinger no las empeoró: porque no consiguió calar entre la población general
y, al mismo tiempo, no logró convencer a quienes podrían ser sus interlocutores
naturales, los círculos intelectuales europeos. Y hay que insistir en ello: el
problema no era únicamente del mensajero, sino del contenido y la naturaleza
del mensaje.
La respuesta de Wojtyla y Ratzinger a
la crisis epocal
Para
captar mejor las dificultades ideológicas de la iglesia de Wojtyla y Ratzinger
es necesario tener una idea aproximada del clima, del escenario, del contexto
simbólico en que tuvieron lugar: la crisis epocal del presente cambio de siglo.
Es importante consignar que Juan Pablo II inicia su papado sólo unos años
después de que tengan lugar algunas de las expresiones iniciales de este cambio
de época, concretamente luego de la crisis petrolera de mediados de los setenta
y del subsiguiente emergimiento de la propuesta conservadora, que más tarde
sería reconocida como el pensamiento neoliberal.
Dicho
de otra forma, Karol Wojtyla llega a ser Papa con el arranque de la
globalización, aunque, como sostiene una cantidad de autores, desde
investigadores de FLACSO hasta la Comisión Progreso Global de la Internacional
Socialista, el término globalización es restrictivo –entre otras razones, por
economicista- del verdadero fenómeno que atraviesa la modernidad: el cambio de
época. No es ésta la oportunidad para realizar una descripción detallada de la
presente crisis epocal, pero puede sugerirse una aproximación a esa idea señalando que corresponde a una coyuntura
histórica en que se articulan a) profundas modificaciones en el mundo
instrumental con b) transformaciones no menos profundas en el mundo simbólico.
Esta situación suele referirse al agotamiento de una fase de la modernidad, que
produjo un espacio de tiempo de certidumbres relativas tanto en los espacios
técnicos y productivos como en la forma de sentir y percibir la vida. Eso
también quiere decir que no es la primera vez que sucede: quizás el otro cambio
epocal más connotado fue el que se produjo en el último cuarto del siglo XIX,
con la sustitución del mundo del vapor y la sociedad censitaria por el mundo
del motor de explosión, la electricidad y la sociedad de masas.
En el
presente cambio de época pueden describirse las mutaciones del mundo
instrumental así como las de mundo simbólico. Entre las primeras, cabe destacar
un salto tecnológico en vías (cuya expresión más socializada es la fusión entre
computación y comunicación), unas transformaciones estructurales en la economía
mundial (que han recibido el nombre de globalización), una grave crisis
ecológica; todo acompañado de poderosos cambios en la estructura del poder
mundial (con la desaparición del mundo bipolar).
En
cuanto a los cambios en el mundo simbólico, puede afirmarse que están marcados
por el factor transversal que aparece en todo cambio epocal: la crisis de
paradigmas en los tres planos perceptivos, el cognitivo, el valórico y el
artístico. La ruptura de los parámetros artísticos y la aparición del “todo
vale”, se conectó con la fragmentación de los paradígmas científicos, tanto en
las ciencias físicas como en las humanas, y la crisis del pensamiento
normativo, que introdujo una crisis de valores, donde los más afectados fueron
los valores de tipo colectivo.
Tolo lo
anterior tuvo efectos en la cultura social y en la propia realidad social. El
abandono de los proyectos colectivos como fórmula de construcción del futuro y
la acentuación de la esfera individual, produjo efectos en los planos macro,
meso y microsocial. La tendencia consistió en rebajar la relevancia de los
colectivos amplios, tipo nación, para ir hacia las tribus urbanas o los
espacios sociales más reducidos. Pero este cambio societal recogió un proceso
que estaba fraguándose con anterioridad y que afectó tanto el ámbito
microsocial como progresivamente el macrosocial: la modificación en las
relaciones de género, protagonizado por la transformación del papel de las
mujeres. Este cambio se ha visto durante algún tiempo como un asunto que
afectaba sólo a las mujeres, pero ya es cada vez más evidente que afecta al
conjunto de la sociedad, que está determinando el marco social que surja de
este cambio de época.
Cabe
preguntarse sobre cuál puede ser la reacción de una organización doctrinal,
como la Iglesia Católica, ante este cuadro de incertidumbre cognitiva y
valórica, así como cuál será su posición cuando la sociedad comience a buscar
soluciones alternativas. Es importante recordar que existen algunos
antecedentes al respecto, como, por ejemplo, el referido a los inicios de la
mencionada crisis de fines del XIX. Frei
Betto nos refresca la memoria: “Parece broma recordar, hoy, que en el siglo XIX
el Papa Pío IX (1846-1878) condenó la libertad de pensamiento y de opinión, la
enseñanza laica, el progreso y hasta la luz eléctrica! Para él, el mundo
moderno se forjaba en las oficinas del diablo. Autor de Sílabos de Erros,
catálogo de anatemas eclesiásticos, estaba contra el Estado autónomo y
laico.”(Other News, 25/04/05).
Pues
bien, no parece exagerado afirmar que la respuesta ideológica de Wojtyla y
Ratzinger a la presente crisis epocal ha tenido un marcado tono conservador,
tanto en el plano valórico como en el cognitivo. Ello no ha sido incompatible
–y es algo que habrá que tener en cuenta en el futuro- con determinadas
posiciones políticas que pueden ser calificadas de progresistas, como el
rechazo de la invasión estadounidense de Irak, por ejemplo. Pero en el plano
filosófico, teológico, ideológico, existe un amplio consenso acerca de que
Josef Ratzinger, especialmente al frente de la Congregación para la Doctrina de
la Fe, el nombre moderno con el que fue bautizada la antigua Inquisición, ha
desarrollado un método discursivo conservador, que presenta una marcada
característica: comienza haciendo un planteamiento abierto del problema, que trata
de ser amplio y elaborado, pero termina ofreciendo soluciones definitivamente
inscritas en el dogmatismo y el autoritarismo (algo que obviamente no convence
ni puede convencer a los círculos intelectuales, tampoco a los europeos). Pueden ponerse al respecto algunos ejemplos
ilustrativos y aquí se eligen dos de los más destacados por el propio
Ratzinger: la relación entre verdad y
relativismo cultural, y la condición de la mujer y las relaciones de género.
La búsqueda democrática de la verdad y
el relativismo cultural
De los
asuntos teológicos y filosóficos que ha discutido Ratzinger, quizás el que ha
tenido mayor presencia en los medios de comunicación sea el referido a la
oposición entre verdad y relativismo. No ha sido difícil encontrar en medios
escritos el siguiente titular: “Ratzinger: el relativismo es el nuevo problema
de la humanidad”. En realidad, cuando se examina un poco más de cerca las
preocupaciones ideológicas del nuevo Papa, no está tan claro que el relativismo
ocupe la primera posición, como veremos más adelante; pero no deja de ser
cierto que el relativismo cognitivo y valórico ocupa un lugar central en esas
preocupaciones.
Como se
apuntó, su planteamiento del problema es bastante amplio, aunque no
precisamente novedoso. En general, se refiere al resultado de la crisis de
paradigmas que corresponde a la crisis epocal. Algo sobre lo que toda entidad
dedicada al conocimiento ha reflexionado en algún momento, desde fines de los
años setenta.
En
América Latina, la Comisión Latinoamericana de Ciencias Sociales (CLACSO),
entre otras entidades, hizo suya esa preocupación durante los años ochenta y
produjo algunos materiales bastante reconocidos (CLACSO, 1988). Para su
asamblea en Chile en 1991 estableció una comisión especializada sobre Epistemología
y Política, que invitó a algunos autores a discutir sobre la temática. Mi
presentación en esa Comisión se refirió a la crisis de las ciencias sociales en
el Norte y en América Latina (que FLACSO Costa Rica publicó más tarde) y me
parece que su introducción refleja bien el clima de ese momento: “Los tiempos
de crisis del conocimiento –decía- siempre tienen un lado positivo. Ayudan a
recordar algo que tiende a olvidarse: que la teoría es gris por definición.
Claro que cabría preguntarse qué tono azabache puede alcanzar la teoría, cuando
tampoco el árbol de la vida aparece precisamente verde (...) en anteriores
ocasiones, cuando la realidad entraba en crisis, era la teoría quien florecía
en sofisticadas explicaciones. El problema, en esta oportunidad, es que la
realidad ha entrado en una crisis policromática y la teoría –como en esa
puntuación del cine clásico- ha pasado a negro. O más precisamente, ha adoptado
ese color que resulta de fundir una paleta completa: teóricos del intercambio,
behavioristas, postestructuralistas, teóricos críticos, noefuncionalistas,
fenomenologistas, interaccionistas simbólicos, marxistas, sistema-mundistas,
biosociólogos, etnometodologistas, postpositivistas y un largo etcétera, si se
hacen algunas combinaciones binarias (por no exagerar), sólo parecen capaces de
dar microexplicaciones ramplonas o metadiscursos ya poco convincentes. Con un
nuevo condimento: ahora hay muchos que están felices con este aluvión.
Consideran que ya era hora de denunciar el cretinismo de lo científico e
instalarse cómodamente en la deconstrucción resultante” (Gomáriz, 1996).
Como se
recordará, el discurso deconstructivista postmoderno estaba en boga en aquel
momento. Frente a esta situación se alzaron las voces de la epistemología dura.
Pero había posiciones menos extremas, que parecían más aceptables, desde
Habermas a Giddens, por ejemplo. Por eso mi recomendación era: “Mi tesis es de
carácter intermedio: creo que la teoría social está en un período de
fermentación y que mientras aclare el panorama –en cualquier sentido- nada
mejor que tomarse las cosas con calma. Esto no quiere decir permanecer
inactivos. En realidad todo lo contrario: nunca fue tan necesario la marcha
hacia lo desconocido y el intercambio para orientarse. Significa más bien que la
situación aconseja abandonar el cretinismo de lo constituido, sin caer en el
fundamentalismo deconstructivista”. (Ibid, 1996).
Es
posible que el deconstructivismo cognitivo ya no sea tan prominente, pero no es
menos cierto que ha quedado un relativismo cultural notable, sobre todo en el
campo de la acción política. Ratzinger lo considera la cuestión central: “Diría
que hoy realmente se da una dominación del relativismo. Quien no es relativista
pareciera ser intolerante. Pensar que se puede conocer la verdad esencial es
visto ya como intolerante. Pero en realidad esta exclusión de la verdad es un
tipo de intolerancia muy grave y reduce las cosas esenciales de la vida humana
al subjetivismo. De ese modo, en las cosas esenciales ya no tenemos una visión
común. Cada uno podría y debería decidir como puede. Perdemos así los
fundamentos éticos de nuestra vida en común”. (R., 2002). Y luego enfatiza para
el sistema democrático: “El relativismo se ha convertido, en cierto modo, en
una especie de religión del hombre moderno (...) si todo vale, (parece) que el
hecho de mantener que realmente existe una verdad se considera fundamentalismo,
y se rinden ante ese supuesto hasta convertirlo en fundamento de la democracia
¡Que contradicción! Porque si, como sostiene el relativismo, no existen
fundamentos ¿Como va a ser el relativismo fundamento de la democracia?” (R.
2005).
En
realidad, para plantear el tema apropiadamente, es necesario observar la crisis
de paradigmas como una secuencia, compuesta por fases principales: a) la caída
o el agotamiento de los paradigmas establecidos; b) el deconstructivismo y el
relativismo resultante, y c) la búsqueda y el desarrollo de los nuevos
fundamentos paradigmáticos. Incluso, como en esta oportunidad, puede suceder
que la caída de los viejos paradigmas tenga lugar por la presión de un nuevo
paradigma emergente, que, al no lograr constituirse efectivamente como
alternativa, conduce definitivamente a la deconstrucción y el relativismo. Eso
sucedió en el campo de las ciencias sociales con la teoría crítica y el
marxismo, desde mediados de los sesenta hasta mediados de los setenta, y
continuó hasta la caída del sistema soviético, en el plano de la acción
política.
En la
crisis epocal del siglo XIX algo similar pasó con la propuesta romántica y el
pensamiento de Nietzsche. Un autor que,
no por casualidad, se puso nuevamente de moda en este cambio de época, y, por
consecuencia, se convirtió en centro de las críticas de Ratzinger. El problema
principal de la propuesta romántica y del pensamiento nietzscheano es que no
sólo rompían con las bases de la cultura cristiana, sino también con las del
paradigma moderno (Libertad, Igualdad, Fraternidad), para ir hacia la voluntad
de poder como fundamento de la acción política. Algo que, independientemente de
otras consideraciones o del criterio de Nietzsche, interesó efectivamente al
movimiento nazi alemán, décadas más tarde.
Se ha
dicho insistentemente que el intento efímero de la teoría marxista de
convertirse en paradigma sustitutivo, entre los años sesenta y setenta, produjo
el efecto de un movimiento en sentido contrario en varios intelectuales
moderados de la época, y que ese sería el caso claro de un Ratzinger procedente
de la influencia existencialista. Él
mismo recuerda esa evolución: “Cuando yo era joven era determinante en Alemania
la teología de Bultmann, la teología existencialista; después fue más
determinante la teología de Moltmann, teología de influencia marxista, por así
decir.”(R. 2002). Lo cierto es que encara ese cambio defendiendo la fe católica
frente al marxismo, y abandonando en 1969 la Universidad de Tubingia, alterada
por las revueltas estudiantiles, para enseñar en Regensburg, de la más
conservadora Baviera.
Como se
apuntó, el intento fallido de la propuesta alternativa (crítica marxista)
conduce posteriormente a la desconstrucción y el relativismo. Varias
construcciones teóricas rechazan el esfuerzo por reconocer la verdad y
Ratzinger las rebate por ello: el utilitarismo, que cambia la necesidad de
descubrir la verdad por la necesidad de saber lo que es útil, o la hermenéutica
y en particular la crítica desde el lenguaje, que renuncia a la verdad, porque
la razón está fundamentalmente determinada por el lenguaje. Pero su reflexión
sobre el relativismo y el rechazo de la búsqueda de la verdad, se hace más
acuciante en relación con la democracia.
El
problema surge cuando se considera que en democracia todos tienen la verdad y
nadie la tiene. Todo es discutible y toda solución, negociada, por ejemplo, se
constituye en verdad útil. No hay verdades por encima de la asamblea que
discute. Ciertamente, se confunde verdad con decisión política. Como si no
pudiera haber decisiones mayoritarias completamente erradas. Como si no hubiera
valores universales aceptados por todos. En el debate sobre la Constitución
europea, este problema estuvo presente, pero al final se afirma que Europa es
función de valores: el respeto de los Derechos Humanos.
Así,
Ratzinger tiene razón cuando afirma que “muchos opinan que el relativismo
constituye un principio básico de la democracia, porque sería parte de ella el
que todo se puede someter a discusión. En verdad, sin embargo, la democracia
vive sobre la base de que existen verdades y valores que son respetados por
todos. De otro modo se hunde en la anarquía y se neutraliza a sí misma”. (R.,
2001) Y así: “el relativismo puede aparecer como algo positivo, en cuanto
invita a la tolerancia, facilita la convivencia entre culturas, reconoce el
valor de los demás, relativizándose uno mismo. Pero si se transforma en un
absoluto, se convierte en contradictorio, destruye al ser humano y acaba
mutilando la razón” (R., 2004).
También
parece acertada su defensa del presupuesto de que lo que caracteriza al ser
humano es precisamente la búsqueda de la verdad. Tanto en términos cognitivos
como valóricos y en la relación entre ambos. Y en tal sentido, el abandono de
esa búsqueda es un problema mayor, cuando “el ser humano ya no se atreve a
aceptar que es capaz de reconocer por sí mismo la verdad, y esto le parece presunción;
piensa que debe conformarse con tener acceso a la acción” (R., 2001). Y afirma
enfáticamente: “Nunca es anacrónica la confianza en buscar la verdad y en
encontrarla. Es justamente ella la que mantiene al hombre en su dignidad, rompe
los particularismos y reúne a los hombres, más allá de los límites culturales,
por su dignidad común” (R., 2000).
Ahora
bien, Ratzinger parece más acertado cuando rechaza el relativismo, que cuando
define la verdad y su forma de buscarla. La cuestión reside en saber de qué
tipo de verdad estamos hablando: ¿se trata de una verdad relativa que nos
permite abandonar la incertidumbre o de una verdad absoluta e inmutable? La
pasada crisis de paradigmas nos enseñó que conviene apearse del cretinismo de
lo constituido, sin que ello signifique caer blandamente en el relativismo.
Especialmente en el campo de la teoría social, mantener la duda metodológica es
saludable, sin que ello haga renunciar a la búsqueda de la verdad. En tal
sentido cabe el paralelismo: la verdad es como la utopía, nunca podremos
alcanzarla de forma absoluta, pero su búsqueda guía permanentemente nuestro
camino.
Es
decir, las verdades también tendrán su rango, como la teoría, donde las habrá
que ofrecen mucha duda o poca duda. La cuestión consiste en saber si existe un
conjunto que ofrece poca duda, que pueda conformar un paradigma relativo, que
permitirá abandonar la incertidumbre cognitiva y valórica. La respuesta del
relativismo es que no será posible. La respuesta de mucha otra gente es que sí
lo es, incluyendo a Ratzinger. Sin embargo, este bloque de gente también tiene
enormes diferencias entre sí. Y ahí comienza la dificultad, en relación con el
tercer paso de la crisis, referido a la búsqueda y desarrollo de nuevos
fundamentos paradigmáticos.
En
efecto, como se apuntó, Ratzinger hace un planteamiento válido del problema,
pero da una solución difícil de aceptar. Puede haber consenso en no caer en el
relativismo y buscar la verdad, pero inmediatamente, cuando se da un paso en
esa dirección, acaba descubriéndose el rostro del prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe. Para los católicos puede haber búsqueda de la verdad
en asuntos secundarios, pero en temas claves esa verdad ya está adquirida a priori, porque para eso existen los
dogmas, que obviamente no son discutibles, porque son el producto de la fe,
obtenido mediante el gran decodificador: la religión. Llegados a este punto,
para Ratzinger no hay duda: la religión católica es “la religión de la verdad”.
Dicho de otra forma, es cierto que el relativismo renuncia a la búsqueda de la
verdad, pero no es menos cierto que la “religio vera” la hace innecesaria: la
verdad ya nos fue revelada.
Por eso
puede parecer arrogante la posición de Wojtyla y Ratzinger en asuntos de
ecumenismo, pero lo cierto es que no tienen otra salida. Como ha dicho el nuevo
Papa: “Yo soy Cristo, la verdad y la
vida: en estas palabras de Cristo según el Evangelio de Juan (14,6) está
expresada la pretensión fundamental de la fe cristiana. De esta pretensión
brota el impulso misionero de la fe: sólo si la fe cristiana es verdad, afecta
a todos los hombres; si es sólo una variante cultural de las experiencias
religiosas del hombre, cifradas en símbolos y nunca descifradas, entonces tiene
que pertenecer en su cultura y dejar a las otras en la suya” (R., 2002). Es
decir, si la verdad ya ha sido revelada, la única cosa que queda por hacer es
anunciarla a toda la humanidad.
El
problema es que esa solución no es aceptable para el mundo laico como búsqueda
de la verdad, porque para ello hay que aceptar toda una serie de supuestos: a)
que determinada religión tiene el verdadero decodificador de la voluntad del
Absoluto; b) que lo utiliza adecuadamente; c) que existe ese Absoluto; c) que
su voluntad es reconocible; etc. Como se sabe, la no aceptación de cada uno de
esos supuestos significa situarse en una serie de posiciones condenadas o
rechazadas explícitamente por la Iglesia Católica: ateismo, agnosticismo,
creencia no religiosa, etc.
Hay que
señalar que, cuando Ratzinger hace un verdadero recuento de esos planteamientos
“ya sea de naturaleza filosófica o teológica, que obstaculizan la inteligencia
y la acogida de la verdad revelada”, no pone en primer lugar al relativismo.
Confirma: “Se pueden señalar algunos (de esos planteamientos): la convicción
de la inaferrabilidad y la inefabilidad
de la verdad divina, ni siquiera por parte de la revelación cristiana; la
actitud relativista con relación a la verdad, en virtud de lo cual aquello que
es verdad para unos no es verdad para otros; la contraposición entre la
mentalidad lógica atribuida a Occidente y la mentalidad simbólica atribuida a
Oriente; el subjetivismo de quien, considerando la razón como única fuente de
conocimiento, se hace incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse
a alcanzar la verdad del ser; la dificultad de comprender y acoger en la
historia la presencia de eventos definitivos y escatológicos; el vaciamiento
metafísico del evento de la encarnación histórica del Logos eterno, reducido a
un mero aparecer de Dios en la historia; el eclecticismo de quien, en la
búsqueda teológica, asume ideas derivadas de diferentes contextos filosóficos y
religiosos, sin preocuparse de su coherencia y conexión sistemática, ni de su
compatibilidad con la verdad cristiana; la tendencia, en fin, a leer e
interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y el Magisterio de la
Iglesia” (Dominus Iesus, 2000).
En este
inefable recuento, donde reúne de un plumazo todas las heterodoxias (que tanto
molestó a las otras religiones), Ratzinger puso en primer lugar el
planteamiento agnóstico y no el relativismo. En realidad, puede afirmarse que,
en el debate contra el relativismo, parece que Ratzinger se siente más seguro y
acompañado, pero sabe que sus verdaderos enemigos, los que están carcomiendo
sus dogmas, son aquellos sectores que rechazan la religión como forma de
recepción de la verdad, entre los que cabe destacar el agnosticismo y ese
bloque cada vez más amplio de creyentes no religiosos.
En
realidad, el verdadero problema ideológico de Ratzinger es doble: su propuesta
de solución no es convincente y, además, no es cierto que ella esté sola en
medio del relativismo, sino que está en competencia con otras propuestas
religiosas y, sobre todo, con una ética laica cada vez más poderosa. Es decir,
el problema de Wojtyla y Ratzinger ha consistido principalmente en que la
solución a la crisis de paradigmas no proviene de sus propuestas, sino sobre
todo del desarrollo de una razón y una moral no religiosa; de esa ética laica
que apareció con la modernidad, principalmente con la Ilustración (“esa espina
clavada en el corazón de los católicos”, como la llama Ratzinger) y se ha ido
desarrollando hasta establecerse primero en la Declaración de los Derechos del
Hombre, de la Revolución francesa, y más tarde en la Declaración de los
Derechos Humanos de las Naciones Unidas, a mediados del siglo pasado. Una base
cada vez más amplia para constituir ese “humanismo sin religión” que les
preocupa tanto.
Por
eso, muchas veces parece gratuita la dureza de las críticas de Ratzinger a la
doctrina de los derechos humanos o a la Organización de las Naciones Unidas,
por tal o cual razón específica. La cuestión de fondo es que Ratzinger reconoce
claramente en ellas, luego de la crisis del socialismo real, los elementos más
evidentes de una propuesta alternativa laica de búsqueda de un nuevo paradigma
valórico. Respecto del debate sobre la Constitución europea y la decisión de
sustituir la base referencial ética de tipo religioso por la doctrina de los
derechos humanos, Ratzinger explotó: “El puro positivismo de los derechos
humanos como tal no puede ser, en ningún sentido, la última palabra. Tal vez
sea suficiente para una Constitución, pero para nuestro debate cultural humano,
para nuestro encuentro con las demás culturas, es insuficiente” (R., 2004).
Respecto de las propuesta “Las metas del milenio” de las Naciones Unidas,
Ratzinger fue especialmente crítico, sosteniendo que la ONU “pretende reducir
la pobreza, reduciendo los pobres”, y llamando a los católicos a protestar
contra “la antropología que está detrás de la propuesta de la ONU”.
Siempre
cabe preguntarse por las razones que dificultan tanto un acercamiento real de
la doctrina de la Iglesia Católica a la ética del humanismo laico o incluso a
la de otras religiones. La explicación más extendida consiste en apuntar hacia
la voluntad conservadora de Wojtyla y Ratzinger. Y es posible que esa
explicación tenga un fondo de razón, pero en lo que se refiere a Ratzinger, sin
duda el ideólogo de esta dupla, el problema es un poco más complejo.
Cuando
se publicó Dominus Iesus, como Declaración sobre la Unicidad y la Universalidad
Salvifica de Jesucristo y la Iglesia, en el año 2000, representantes de otra
religiones y laicos se asombraron por lo que les pareció una muestra terrible
de “arrogancia católica”, especialmente porque lo que se esperaba era un texto
básicamente ecuménico. Sin embargo, Ratzinger les negó el pan y la sal en
términos de comunicación con el Absoluto a todos: a las religiones no cristianas,
porque “Cristo no puede compararse con los otros profetas” y, así, “serían
contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de solución que
contemplen una acción salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo”;
y a los cristianos no católicos les dejó claro que “El Señor Jesús, único
salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyó
la Iglesia como misterio salvífico. El mismo está en la Iglesia y la Iglesia
está en El; por eso, la plenitud del misterio salvífico de Cristo pertenece
también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor. Jesucristo, en efecto,
continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la
Iglesia, que es su cuerpo”. En breve, no hay salvación a través de Jesús fuera
de la Iglesia Católica.
Muchos
observadores señalaron cómo era posible tanta arrogancia doctrinal en una
persona que no parecía particularmente arrogante. El propio Ratzinger dice que
“es necesario llevar con humildad la verdad categórica de la Iglesia Católica”.
Mi juicio es distinto: puede que sea más o menos humilde, pero el principal
problema de Ratzinger es su coherencia ideológica. Hace tiempo que el actual
Papa se ha dado cuenta que la única forma de ser ideológicamente flexible en
las cuestiones centrales es empezar a dejar de ser católico. En efecto, ser de
religión católica significa defender una cadena lógica que va del Absoluto a
Jesús, no como profeta sino como encarnación del primero, y de Jesús a la
Iglesia, no como opción orgánica, sino como encarnación del segundo. Dejar caer
alguna de las concatenaciones fundamentales es comenzar a dejar de ser
católico. Y Ratzinger fue elegido para defender la lógica católica, no para
desarticularla.
¿Y si
alguien en la Iglesia Católica busca suavizar esa lógica? Ratzinger no oculta
la verdad: “entonces hay que atenerse a la disciplina, una de las dos secciones
principales de la Congregación para la Doctrina de la Fe”. Y no parece
temblarle la mano al respecto: durante su período de prefecto de la
Congregación, condenó a 140 teólogos católicos, entre los cuales estaba
Leonardo Boff. Como es sabido, su primera víctima ideológica fue la teología de
la liberación, con la cual fue particularmente arrasador (y así, de paso,
bajarle el perfil a la Compañía de Jesús y elevar el del Opus Dei para
compensar).
En
conclusión, la lógica católica le obliga a dar soluciones dogmáticas y a la
postre autoritarias, a problemas que él plantea de forma amplia y sofisticada.
A mi juicio, no se trata de una preferencia personal, sino de una firme y
sólida coherencia ideológica. En la religión católica hay una tradición y un
estilo dogmáticos que se ha extendido a temas que no son los dogmas
fundamentales y, desde luego, en esos temas accesorios es cierto que hay muchas
cosas que pueden modificarse (algo que Ratzinger sabe perfectamente), pero la
cadena lógica medular no puede ser modificada y es esa cadena la que coloca a
la Iglesia Católica en esa posición arrogante frente a las otras religiones y
en general frente al mundo laico. Es importante no olvidar que durante más de
mil quinientos años, la lógica dogmática de la verdad revelada de la Iglesia
Católica -y su estilo asociado-, constituyó su principal fortaleza en el mundo
ideológicamente oscuro que siguió al ocaso de la cultura clásica. Eso cambió
desde la aparición de la modernidad y se aceleró gravemente en el pasado siglo,
y ahora, como sucede con frecuencia con muchos organismos, aquello que fue su
principal fortaleza se está convirtiendo en su mayor debilidad.
Y
Ratzinger es suficientemente inteligente para darse cuenta de que esta
situación conduce a una clara disyuntiva: a) se abandona alguna de las
articulaciones fundamentales de la lógica católica, con lo cual se enfrentaría
más fácilmente su crisis actual, o b) se mantiene la tradición y la lógica
católica, y se acepta “con sencillez y realismo, el hecho de que enfrentamos un
futuro de minoría” (R., 2001). Como él mismo dice: “La Iglesia de masas puede
ser algo muy bonito, pero no es necesariamente la única modalidad de ser de la
Iglesia”.
La condición de la mujer y el nuevo
valor de la equidad de género
La
preparación internacional de la IV Conferencia Mundial de la Mujer, que se
celebró en Beijing en 1995, pareció suficiente motivo al Vaticano para que el
Papa interviniera en este contexto. Y puede afirmarse que desde la Carta a la Mujeres de Juan Pablo II
(1995), donde por primera vez la Iglesia Católica reconoce explícitamente la
discriminación histórica de las mujeres y pide perdón por la contribución que
al respecto pueda haber hecho la propia Iglesia, la condición de la mujer y la
equidad de género han sido seguidos por los ideólogos católicos con particular
interés, hasta que, efectivamente, la Congregación para la Doctrina de la Fe,
emite su Carta sobre la colaboración del
hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo en el año 2004.
La
Carta tiene como objetivo salir al paso de lo que Ratzinger denomina “la
extralimitación de sectores feministas, que se han vuelto definitivamente
contra el hombre”. Su introducción deja claro ese propósito: “Experta en
humanidad, la Iglesia ha estado siempre interesada en todo lo que se refiere al
hombre y la mujer. En los últimos tiempos se ha reflexionado mucho acerca de la
dignidad de la mujer, sus derechos y deberes en los diversos sectores de la
comunidad civil y eclesial. Habiendo contribuido a la profundización de esta
temática fundamental, particularmente con la enseñanza de Juan Pablo II, la
Iglesia se siente ahora interpelada por algunas corrientes de pensamiento,
cuyas tesis frecuentemente no coinciden con la finalidad genuina de la
promoción de la mujer” (C., 2004).
Es
interesante consignar que Ratzinger percibe con claridad que el problema de
algunas corrientes feministas no consiste sólo en que sus propuestas divergen
de la doctrina de la Iglesia, sino en que contradicen también lo que supone
sería su propósito: la equidad de género. Dicho de otra forma, Ratzinger
aprovecha la oportunidad que le están ofreciendo las propuestas feministas más
confrontacionales, para hacer la oferta de la recuperación de la colaboración
entre mujeres y hombres.
De
nuevo estamos ante un planteamiento del problema que busca ser abierto y
equilibrado, si bien, como veremos más adelante, no puede obtener solución en
el propio contexto de la Iglesia. La Carta plantea así el problema: “En los
últimos años se han delineado nuevas tendencias para afrontar la cuestión
femenina. Una primera tendencia subraya fuertemente la condición de
subordinación de la mujer a fin de suscitar una actitud de contestación. La
mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista del hombre. A los
abusos de poder responde con una estrategia de búsqueda del poder. Este proceso
lleva a una rivalidad entre los sexos, en el que la identidad y el rol de uno
son asumidos en desventaja del otro, teniendo como consecuencia la introducción
de una antropología de una confusión deletérea, que tiene su implicación más
inmediata y nefasta en la estructura de la familia”. (Ibid).
A
continuación, la Carta menciona también las exageraciones hechas en la
contraposición entre sexo y género. Dice: “Una segunda tendencia emerge como
consecuencia de la primera. Para evitar cualquier supremacía de uno u otro
sexo, se tiende a cancelar las diferencias, consideradas como simple efecto de
un condicionamiento histórico-cultural. En esta nivelación, la diferencia
corpórea, llamada sexo, se minimiza, mientras la dimensión estrictamente
cultural, llamada género, queda subrayada al máximo y considerada primaria
(...) Aunque la raíz inmediata de dicha tendencia se coloca en el contexto de
la cuestión femenina, su más profunda motivación debe buscarse en la tentativa
de la persona humana de liberarse de sus condicionamientos biológicos. Según
esta perspectiva antropológica, la naturaleza humana no lleva en sí misma
características que se impondrían de manera absoluta: toda persona podría o
debería configurarse según sus propios deseos, ya que sería libre de toda
predeterminación vinculada a su condición esencial.” (Ibid)
Frente a
una antropología feminista confrontacional y exageradamente culturalista,
Ratzinger aprovecha la oportunidad para plantear una perspectiva de
colaboración: “Ante estas corrientes de pensamiento, la Iglesia, iluminada por
la fe en Jesucristo, habla en cambio de colaboración activa entre el hombre y
la mujer, precisamente en el reconocimiento de la diferencia misma.”(Ibid). Y
más adelante abunda con amplitud en esa perspectiva: “Por lo tanto, la
promoción de las mujeres dentro de la sociedad tiene que ser comprendida y
buscada como una humanización, realizada gracias a los valores redescubiertos
por las mujeres. Toda perspectiva que pretenda proponerse como lucha de sexos
solo puede ser una ilusión y un peligro, destinados a acabar en situaciones de
segregación y competición entre hombres y mujeres, y a promover un solipsismo,
que se nutre de una concepción falsa de la libertad. Sin prejuzgar los
esfuerzos por promover los derechos a los que las mujeres pueden aspirar en la
sociedad y en la familia, estas observaciones quieren corregir la perspectiva
que considera a los hombres como enemigos que hay que vencer. La relación
hombre-mujer no puede pretender encontrar su justa condición en una especie de
contraposición desconfiada y a la defensiva. Es necesario que tal relación sea
vivida en la paz y felicidad del amor compartido. En un nivel más concreto, las
políticas sociales –educativas, familiares, laborales, de acceso a los
servicios, de participación cívica- si bien por una parte tienen que combatir
cualquier injusta discriminación sexual, por otra deben saber escuchar las
aspiraciones e identificar las necesidades de cada cual. La defensa y promoción
de la idéntica dignidad y de los valores personales comunes deben armonizarse
con el cuidadoso reconocimiento de la diferencia y la reciprocidad, allí donde
eso se requiera para la realización del propio ser masculino o femenino”
(Ibid).
Es indudable que este planteamiento del problema tiene claros puntos de
contacto con posiciones críticas del propio feminismo. En Estados Unidos, la
feminista Cathy Young ya había publicado cinco años antes su texto Ceasefire! Why
Women an Men must join forces to achieve True Equality (¡Alto el
Fuego! Por
qué mujeres y hombres deben unir fuerzas para conseguir una verdadera igualdad),
donde se declara “feminista disidente” y contraria a “esa guerra de géneros que
va a destruir nuestra común humanidad supuestamente para salvarla”. Pero quizás
haya sido la discipula de Simone de Beauvoir y autora de varios textos muy
reconocidos, Elisabeth Badinter, quien haya descrito más claramente lo que ella
considera un camino equivocado de la mayoría del feminismo desde fines de los
años ochenta (que Alianza Editorial ha traducido al castellano como Por mal camino, 2004). En una entrevista para presentar su libro,
Badinter sostiene: “Desde finales de los ochenta y
comienzos de los noventa, el feminismo va a la deriva de un modo que me
sorprende. Cegado por sus buenos sentimientos –algunos dirían por su
“conformismo”– está resucitando los viejos estereotipos prefeministas más
trasnochados (...) Todo esto se ajusta tan poco a los objetivos que yo deseaba
para las mujeres, que no he podido por menos que decir: ¡ya basta!”
Y
más tarde Badinter describe las diferentes corrientes en relación con su actitud
hacia los hombres: “Hay que distinguir entre feminismo radical y feminismo
liberal. Para unas, minoritarias, el hombre es el enemigo, con el que no se
puede negociar. Para las otras, se trata de aparentar que se negocia, pero
imponiéndoles (a los hombres) la ley. Por fin, para otras, entre las que me
cuento, el objetivo de la igualdad entre los sexos debe perseguirse con el
concurso de los hombres. Se trata de hacerles ser conscientes de una situación
injustificable moralmente que exige un cambio por su parte. El proceso es
largo, porque implica una evolución de la mentalidad masculina, pero es el
único posible. Sin esto, estamos ante la guerra de sexos que nadie quiere. El
hombre no es un enemigo a batir”.
En
este último grupo también hay que situar los sectores del feminismo alemán que
propusieron la estrategia de la Democracia de Género, hoy impulsada por La
Fundación Heinrich Böll, próxima a los Verdes Alemanes, y reconocida entre
sectores del feminismo latinoamericano. Una propuesta que quiere llevar a la
práctica el consenso teórico de que género y mujer no son sinónimos y convocar
a toda la sociedad para impulsar el valor de la equidad de género, “en una
perspectiva de corresponsabilidad entre mujeres y hombres” (Meentzen y Gomáriz,
2003).
Pero
el planteamiento amplio y elaborado que hace del problema, no lleva a Ratzinger
a una solución de igual tono, especialmente dentro de la Iglesia. Y de nuevo el
problema es fundamentalmente ideológico, en relación con dogmas católicos
aparentemente insuperables. Como dice su título, la Carta se refiere a la
colaboración entre mujeres y hombres en la Iglesia y en el mundo. El apartado
que se dedica al mundo se centra en la necesidad de armonizar las
responsabilidades laborales y familiares, pero no pone límite alguno en cuanto
a la participación de las mujeres en los niveles más altos de la sociedad y el
Estado. La colaboración se armoniza con la equidad. Pero en la Iglesia eso no
parece posible.
En
el apartado sobre “la actualidad de los valores femeninos en la vida de la
Iglesia” la referencia fundamental es la figura de María, cuya imagen “es para
la Iglesia una invitación a radicar su ser en la escucha y acogida de la
Palabra de Dios”. No obstante, trata de evitar una imagen demasiado obvia de
subordinación y afirma: “Mirar a María e imitarla no significa, sin embargo,
empujar a la Iglesia hacia una actitud pasiva inspirada en una concepción
superada de la femineidad. Tampoco significa condenarla a una vulnerabilidad
peligrosa, en un mundo en el que lo que cuenta es sobre todo el dominio y el
poder. En realidad, el camino de Cristo no es ni el del dominio ni el del poder
como lo entiende el mundo. Del Hijo de Dios aprendemos que esta pasividad es en
realidad el camino del amor, es poder real que derrota toda violencia, es
pasión que salva al mundo del pecado y de la muerte y recrea la humanidad.
Confiando su Madre al Apóstol San Juan, el Crucificado invita a su Iglesia a
aprender de María el secreto del amor que triunfa” (C., 2004). En otra
oportunidad, Ratzinger asegura que las mujeres tienen una enorme cantidad de
papeles que jugar en la Iglesia, para tratar de responder a una pregunta sobre
la exclusión de las mujeres del sacerdocio. Ciertamente, en una Carta con ese
título se esperaba que este problema, que rompe sin apelativos la equidad entre
mujeres y hombres en el seno de la Iglesia, fuera encarado con seriedad; sin
embargo, para sorpresa de todos, sólo le dedica uno de los párrafos más breves
de su texto: “En esta perspectiva también se entiende que el hecho de que la
ordenación sacerdotal sea exclusivamente reservada a los hombres no impide en
absoluto a las mujeres el acceso al corazón de la vida cristiana”. Nótese la
finura: al corazón de la vida cristiana, nunca al corazón de la Iglesia
Católica.
En
realidad, Ratzinger sabe de sobra que la exclusión de las mujeres del
sacerdocio no puede ser vista sino como una clara discriminación por razones de
sexo. Y cuando describe todas las otras funciones que pueden desempeñar las
mujeres en la Iglesia sólo empeora las cosas, porque está demostrando que la
capacidad simbólica de las mujeres es más que suficiente para desempeñar el
sacerdocio. Sin embargo, la explicación más acostumbrada de cuáles son las
razones por las que Ratzinger rechaza por completo esa posibilidad, esto es,
que tiene graves actitudes patriarcales, machistas o misóginas, es una
simplificación excesiva que, aunque tuviera algún segmento de verdad, no capta
el fondo del problema.
Tampoco
reside en la tradición antropológica patriarcal de la cristiandad. Es cierto
que la Biblia fue siempre entendida como androcéntrica por los cristianos y que
sólo hace muy poco se trata de ver desde otra perspectiva. Y es cierto también
que pueden encontrarse pasajes bíblicos que aluden a una cierta igualdad, al
menos en el plano de la dignidad humana, entre mujeres y hombres. Pero no es
menos cierto que por cada uno de esos pasajes hay un alto número de otros que
mantienen la visión androcéntrica. Algunos ejercicios hablan de una relación de
uno a cincuenta; es decir, por cada pasaje de tendencia igualitaria podrían
citarse más de cincuenta de orientación patriarcal. Sin embargo, a pesar del
esfuerzo de revisión que ello significara, esa tradición podría cambiarse o al
menos flexibilizarse, si no significara problemas en el plano dogmático.
Ahora
bien, como se apuntó, el verdadero problema está en que la inclusión de las
mujeres en el sacerdocio, fragiliza algunas de las articulaciones fundamentales
de la lógica católica. La primera refiere, como señala Ratzinger, al hecho de
que la encarnación del Verbo se hizo a través del sexo masculino y no es
posible desconocer superficialmente “el misterio de esa decisión divina”; entre
otras razones, porque relativizarlo significa reblandecer el dogma católico de
la naturaleza divina de Jesús (y hacerlo semejante a los otros profetas). Pero
el problema sigue cuando se avanza en la cadena lógica: también Jesús eligió a
un hombre para erigir su Iglesia: “Tu eres Pedro y sobre esa piedra levantaré
mi Iglesia”. ¿Podemos entender esa decisión del Dios hecho Hombre como algo
históricamente circunstancial? ¿Podríamos pensar que si esa decisión hubiera
sido tomada hoy, quizás Jesús habría elegido una mujer o, al menos, lo habría
pensado dos veces? Como puede apreciarse, al seguir en esa dirección, se está
acentuando la determinación histórica de Jesús y restándole su calidad de
pertenencia al Absoluto, algo que fragiliza la cadena dogmática. Dicho en
breve, descomponer la secuencia patrilineal de la Iglesia, tiene altos costos
dogmáticos que no pueden tomarse a la ligera. De nuevo, una flexibilización al
respecto puede contribuir a una resolución del problema de la falta de equidad,
pero al costo de comenzar a dejar de ser católicos. Algo que la coherencia
ideológica de Ratzinger no puede permitir.
La
cuestión es que, en el contexto valórico actual, esa decisión eclesial no se
toma en el vacío. En efecto, como se indicó, la ética religiosa no se encuentra
aislada en medio del océano del relativismo: tiene que competir con el
desarrollo de una ética laica cada vez más poderosa. Una ética que presenta una
mayor facilidad para incorporar nuevos valores y que hace veinticinco años
incorporó formalmente el valor universal de la equidad de género, a través de
la aceptación mundial de la Convención para la Eliminación de Toda Forma de
Discriminación contra la Mujer, establecida en 1980, desde el seno de Naciones
Unidas. Algo que para muchas católicas, incluso del Opus Dei, tiene autoridad
valórica y normativa. Jutta Burggraf, teóloga de la Universidad de Navarra,
afirma: “La subordinación de la mujer atenta contra el principio de igualdad de
sexos y contra los derechos humanos reconocidos en la Declaración Universal de
la Organización de Naciones Unidas de 1948 y en otros muchos documentos de la ONU”
(Burggraf, 2001). Y aquí no importa tanto si Burggraf considera que la
exclusión de las mujeres del sacerdocio católico es o no una violación del
principio de la igualdad de sexos, como el hecho de que reconoce efectivamente
la autoridad moral del enfoque de derechos humanos y de las Naciones Unidas al
respecto.
Ahora
bien, esa autoridad y el establecimiento de un nuevo valor universal no se
detienen a las puertas de la Iglesia Católica: esta institución es parte de la
comunidad mundial y puede ser evaluada en relación con los valores
universalmente establecidos. Y, en ese sentido, visto desde el cuadro valórico
de los derechos humanos, la Iglesia podría estar violando sistemáticamente,
todos los días, el derecho humano que corresponde a la no discriminación por
razones de sexo. Y puede que un reclamo formal en tal sentido, en un contexto
que tenga autoridad moral para hacerlo, sea un escenario no tan lejano. El
problema para la Iglesia Católica es que la perspectiva de Ratzinger de
evolucionar hacia una Iglesia minoritaria pero fiel a sus dogmas, puede
resultar un tanto peligroso en este mundo de gentiles. Porque conforme “se
reduce la posibilidad de identificación entre pueblo e Iglesia” (Ratzinger
dixit), puede aumentar la tentación en el pueblo de llamar al orden a la
Iglesia Católica.
En todo
caso, hay mucha gente que comparte la tesis del teólogo Hans Küng de que una
cosa es Ratzinger como Cardenal y otra como Papa. Pero Küng inmediatamente
agregaba: aunque ideológicamente no espero muchas novedades. Desde luego, eso
no reduce a cero el margen de maniobra de Benedicto XVI en el plano de lo
accesorio y, por tanto, en el plano político. Pero es muy poco probable que las
sorpresas que pueda depararnos en ese campo consigan resolver sus dificultades
ideológicas, que son las que realmente impulsan la crisis de su Iglesia.
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Cambio Civilizatorio. Rodríguez, Regina (Ed.) Isis, Santiago de Chile,
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