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(Publicado
en La Nación, Sección Opinión, 24/06/05)
Por respeto
al Inamu
No
podemos confundir o suavizar el diagnóstico con el fin de sacar al Inamu de la
crisis
Ana Isabel García Quesada
Después de cuatro años de
trabajo con Josette Altmann, entonces primera dama, no puedo omitir el apoyo
que nos brindó para impulsar un cambio radical en la institucionalización de
las políticas de equidad entre mujeres y hombres en el país. Esto significó el
Primer Plan de Igualdad de Oportunidades (PIOMH), el Plan Nacional contra la
Violencia Doméstica (Planovi), que sustituyó al Centro Mujer y Familia (CMF)
por el Instituto Nacional de las Mujeres (Inamu). Sin su apoyo hubiera sido más
difícil impulsar esos cambios.
Precisamente por eso me
cuesta entender las razones que le mueven a hacer un análisis tan parcial de la
situación actual del Inamu (La
Nación, 21/5/05). En especial porque su punto de partida es la tensión en
el ejercicio de la función pública y a la visión de largo plazo que entonces
calificamos de "Apuesta estratégica" (título del último informe de
labores del CMF).
Su interpretación parece
enmarcada en la sorpresa. Dice: "En todo este tiempo, los gobiernos han
hecho esfuerzos por seguir avanzando (...) en el fortalecimiento del Inamu.
Pero precisamente por esa razón, me preocupa lo que parece estar sucediendo
actualmente en el Inamu". Pareciera que los problemas de la institución
fueran de ahora mismo, como un rayo en un cielo sereno.
Lista de la vergüenza. Nada más
lejano de la realidad. Hace mucho que el Inamu no está jugando la apuesta
estratégica. Desde 1998, no ha vuelto a elaborar un plan de igualdad o una
política nacional. La descompensación temática, las irregularidades y las
dificultades operativas han sido demasiado frecuentes, al punto de que hoy
integra esa lista de vergüenza de las instituciones públicas que no
consiguieron ejecutar su contribución a la acción social del Estado, que
asciende a ¢1.200 millones. En suma, lo que ha faltado en el Inamu es
orientación estratégica.
En ausencia de dirección
estratégica, el rumbo se ha ido basando cada vez más en el cuerpo técnico,
contrario a la Ley constitutiva del Inamu, que establece claramente que
esa responsabilidad es de los órganos de dirección. Además, su cuerpo técnico
no es uniforme: junto a personas que saben qué es trabajar en la administración
pública, hay quienes parecen actuar como si estuvieran en una ONG grande.
¿Hemos olvidado que, hace poco, la dirección del Inamu tuvo que disculparse
ante la Asamblea porque un comunicado de uno de sus departamentos agravió
públicamente a diputadas y diputados?
Comenzar por la función. La tolerancia
no puede confundirse con la idea de que cada funcionaria técnica puede hacer lo
que le parezca. Y en cuanto al respeto al que alude, me parece que debe
comenzar por respetar la función pública y, en general, las reglas del juego
democrático. Hay una confusión al respecto, documentada en esta pinta en la
zona este de San José: "El Inamu es de las mujeres y no del PUSC".
Desde luego, una institución estatal no puede ser patrimonio de un partido
político (ni de un grupo religioso, para decirlo todo). Eso fue algo que quedó
claro cuando dirigí este mecanismo nacional. Pero creo que es incorrecto decir
que el Inamu pertenece a las mujeres; no, el Inamu es una institución pública
y, como tal, pertenece a todos los habitantes del país, mujeres y hombres. Y
fueron sus representantes legítimos los que crearon una entidad pública para
promover la equidad entre mujeres y hombres. No entender la diferencia conduce
al irrespeto a la función pública, como ha sucedido desde dentro y fuera del
Inamu.
Comparto con Josette
Altman y muchas otras personas la necesidad de defender y fortalecer el Inamu .
Su función es y será necesaria para avanzar aquí hacia la igualdad de derechos
y oportunidades de mujeres y hombres. Y me parece oportuno un acuerdo amplio
para dar nuevo aliento a esta tarea. Pero, por respeto al Inamu, no podemos
confundir o suavizar el diagnóstico si queremos de verdad sacarlo de la grave
crisis que lo amenaza.
(Publicado
en La Nación, Sección Opinión, 21/05/05)
Tolerancia y respeto
La
discriminación de las mujeres, reproducida a diario, está anclada con firmeza
en la cultura
Josette Altmann Borbón
El ejercicio de la
función pública y de gobierno es una actividad compleja donde las presiones de
todo tipo están a la orden del día, buscando marcar el rumbo de las decisiones
principales. Es con sentido común, pero, sobre todo, con claridad en las metas,
lo que contribuye a que una cometa menos errores de los cotidianamente
posibles.
Una de las metas asumidas
por todo el equipo de gobierno cuando fui Primera Dama fue el fortalecimiento
de las acciones públicas a favor de las mujeres. La apuesta estratégica, como
la llamamos entonces, tuvo como objetivo romper el asistencialismo, el
paternalismo estatal y la dispersión de la mayoría de los programas.
El viraje apostó a las
políticas públicas, de gobierno y de Estado, destinadas a atacar las
principales causas de discriminación y abrir nuevas brechas para la
participación social, política y cultural de las mujeres para convertirnos en
agentes de desarrollo.
Este proceso de negociación,
que se inició de manera transparente, culminó con la aprobación consensuada de
la Ley constitutiva del Instituto Nacional de las Mujeres, que vino a
fortalecer la institucionalidad y la autonomía de este mecanismo nacional. Se
abrió así una nueva etapa en la historia de los derechos humanos de las
costarricenses.
En ese momento, apostamos
por un instituto fuerte y reconocido, comprometido con el cambio, sin miedo de
convocar y proponer nuevos caminos para hacer efectivos nuestros derechos
económicos, sociales y culturales. Un instituto cobijado en los valores de
equidad, solidaridad y tolerancia, inherentes al concepto de patria que
compartimos la mayoría de costarricenses.
Nueva normativa. En los ocho
años que han transcurrido, iniciamos un período en el que participamos
activamente y nos adherimos entusiastas a la Plataforma de Acción de Beijing,
se ratificaron y apoyaron otros instrumentos internacionales de derechos de las
mujeres y, en consonancia con ellos, se promulgó nueva normativa nacional.
En todo este tiempo, los
gobiernos han hecho esfuerzos por seguir avanzando por el camino de derechos de
las mujeres y el fortalecimiento del Inamu. Pero, precisamente por esta razón,
me preocupa lo que parece estar sucediendo actualmente en el Inamu.
Pienso que la
intolerancia, el fundamentalismo y el autoritarismo riñen con la esencia misma
y los fines para los que fue creado el Inamu. Si tenemos presente las múltiples
y cotidianas discriminaciones de que somos objeto, el reconocimiento y respeto
a nuestras diversidades como mujeres es consustancial a cualquier política
pública que desee ser exitosa y transformadora.
Es de todos conocido que
la discriminación de las mujeres está anclada con firmeza en la cultura, y que
es reproducida a diario por diversas instituciones sociales. Que el rol del
Inamu tiene necesariamente que ser propositivo y persuasivo de la necesidad de
cambio cultural hacia una mayor equidad y el bienestar de hombres y mujeres.
Y es en este proceso
donde se enfrentan presiones y grandes intereses tradicionales, a los cuales
hay que responder con respeto, pero también con firmeza, con ideas y
convicción. Lo sabemos por experiencia. Me pregunto si se está gestando otro
golpe a la institucionalidad de Costa Rica, esta vez dirigido a la autonomía
del Inamu, que nos avisa de la llegada al país de la nueva oleada conservadora
en el mundo.
Hoy podría ser el Inamu,
pero también se han cuestionado las políticas en salud y educación. ¿Acaso
iremos a llegar a un país adonde existen temas tabú, en donde pensar sea un
delito y donde el estado confesional sea el gran gendarme de las ideas y las
prácticas sociales?
Deseo expresar mi voto de
confianza al personal del Inamu, profesionales de alta calidad técnica y
compromiso decidido y permanente con los derechos fundamentales de las mujeres
costarricenses.
Y quisiera invitar a la
comunidad nacional a pronunciarse al respecto. Es nuestro deber y obligación si
creemos que Costa Rica debe seguir transitando por los caminos de la tolerancia
y el respeto por los derechos humanos.
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