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FAMILIA GAY EN ESPAÑA: LA GUERRA DE LOS IDEALISMOS
Enrique Gomáriz Moraga
Este viaje a Madrid me
refleja la imagen de un país ideológicamente dividido. Llego la víspera del día
en que una masiva manifestación, que parte de Cibeles hacia la Puerta del Sol, protesta
contra la previsible aprobación por ley de los matrimonios entre homosexuales. Quince
días después, dejo el país cuando la mayoría socialista y de Izquierda Unida
aprueba esa normativa en el Congreso, tras haber sido rechazada en el Senado, y
alcanzo a escuchar cómo el propio Jefe de Gobierno, Rodríguez Zapatero, reconoce
que hay “mucha, mucha gente que se opone a esta decisión”. Queda un sabor
agridulce en mucha gente, como si se hubiera abortado un debate que comenzaba a
desbordar las élites para llegar al seno de la sociedad, como si una decisión
que debería expresar mayores cotas de libertad, se haya procesado con excesivos
tonos de imposición política. Una reflexión más a fondo sobre esta división
ideológica refiere a la inagotable batalla de dos idealismos en torno al tema
crucial de la familia.
El idealismo
familista de la derecha
No cabe duda de que la manifestación
contra el proyecto de Ley fue un éxito que incluso sorprendió a los
organizadores. El diario El País,
llevó el tema a portada al día siguiente y tituló: “Obispos y líderes del PP se
unen a la marcha masiva contra las bodas gays”. La convocatoria fue hecha por
el Foro Español de la Familia,
bajo un lema amplio: “La familia sí importa”. Y parece cierto que existe una
gran cantidad de sectores que se oponen a la reforma al código civil que
legaliza el matrimonio entre homosexuales. Incluyendo el Consejo de Estado, el
Consejo del Poder Judicial y el Senado. Pero no es menos cierto que en este
amplio conjunto hay un núcleo duro, que se nutre del familismo católico, que
tiene una visión ideológica, idealista en el peor de los sentidos, sobre la
familia.
Para este sector, la familia
es por definición el mejor de los espacios de reproducción, socialización, amor
y protección, que puedan tener sus miembros y, en especial, los hijos e hijas.
Basta con que la familia sea completa en el sentido nuclear (madre, padre e
hijos), para que ese espacio positivo se constituya automáticamente. Incluso si
hay problemas, nada mejor que solucionarlos en familia.
Sin embargo, hace tiempo que
la información más rigurosa nos dice que esto no es cierto en absoluto. El
espacio de la familia biparental parece ser el mejor cuando realmente funciona,
pero hay una apreciable cantidad de familias disfuncionales de este tipo
(biparentales) que hacen del espacio familiar un verdadero infierno. Es decir,
el hecho de que existan la figura paterna y la materna no garantiza un espacio
familiar satisfactorio, o, dicho de otra forma, como sucede con frecuencia, la
sustitución de una familia biparental
que está disfuncionando por una familia monoparental puede ser un paso positivo
para todos, incluyendo los hijos e hijas.
El idealismo familista hace
tiempo que tiene una tendencia a la negación de los cambios en la composición
de los grupos familiares. Pero cuando se le demuestra que la familia nuclear
tradicional (padre proveedor, madre reproductora, y un número no muy alto de
hijos) ya no es numéricamente mayoritaria en el conjunto de los arreglos
familiares, siempre adopta una salida ideológica: el hecho de que haya otras
formas de familia que se extienden no quiere decir que debamos aceptarlo
moralmente, así como, en otro plano, no aceptamos el hecho constatable de la
extensión de la delincuencia.
Ante esta posición suelen
haber varias respuestas. Una consiste en no asistir al debate moral y
mantenerse en una perspectiva estrictamente pragmática: entre otras razones,
argumentando que nadie sabe qué es lo mejor en este tema. Ciertamente, esta
actitud se aproxima con frecuencia al relativismo moral, algo que es posible en
el plano individual si se quiere, pero no lo es en el campo de lo público. En
el espacio de las políticas públicas, existe el imperativo moral de estudiar
qué es lo mejor para el conjunto social, entre otras razones, porque ese es cada
vez más un fundamento necesario de la democracia.
La otra respuesta consiste
en acudir al debate moral, pero no necesariamente desde una moral religiosa,
sino desde una moral laica, basada en el desarrollo de los derechos humanos.
Desde esta óptica, no sólo el conjunto familiar tiene derechos, ni son siempre
necesariamente los que priman (como sostienen los familistas), sino que también
cuentan los derechos de cada uno de los miembros, en sus distintas condiciones
y relaciones (mujeres, hombres, niños y adolescentes de ambos sexos, adultos
mayores, etc.). En cada circunstancia hay que examinar el conjunto de derechos,
que muchas veces se articulan y otras veces colisionan. En todo caso, un buen
punto de partida es no pensar que sólo se plantean un tipo de derechos (de las
mujeres, de la infancia, etc.) en un espacio vacío, porque regularmente sucede
todo lo contrario: hay un número apreciable de derechos que interactúan entre
sí.
La antropología idealista
del progresismo
La portavoz del gobierno de
Zapatero, María Teresa Fernández de la
Vega, afirmaba ante la gran cantidad de manifestantes
contrarios a legislar a favor de los matrimonios entre homosexuales, que “ellos
deben de entender que se trata de una normativa que no obliga a nadie hacer
algo que no quiera hacer”. La idea, que no deja de tener un cierto tonillo
defensivo, puede ser discutible para el mundo adulto, pero desde luego es
absolutamente incorrecta para los menores de edad. Los niños y niñas,
biológicos o adoptados, suelen ir bastante a pié forzado si su madre o su padre
deciden establecer una pareja conviviente del mismo sexo; especialmente si son
de corta edad.
Ahora bien, la pregunta es
¿tienen algún derecho en juego esos niños, de carácter sustantivo, más allá de
aceptar en silencio o no las circunstancias? Es interesante al respecto ver las
opiniones de las y los españoles en esta materia. Más allá de las perspectivas
propias, los diferentes sondeos ofrecen una imagen aproximada: hay un 60%
favorable al matrimonio entre homosexuales y el 40% restante en contra; pero
esa proporción cambia cuando se pregunta por el derecho de los homosexuales a
adoptar menores (algo más del 40% está de acuerdo). Un universo mucho mayor
coincide en cuanto a que lo importante en este tema es el bienestar del niño o
niña (un 75%). Es decir, todo indica que existe en el público un cierto
criterio, aunque sea por aproximación, en cuanto a la necesidad de distinguir
entre: a) el derecho humano de las personas adultas a decidir su orientación
sexual, y b) la necesidad de saber si las niñas y niños tienen algún derecho
propio y sustantivo en este contexto.
Como en el caso del
idealismo familista, hay quienes consideran que la anterior distinción es
innecesaria porque en este tema sólo hay un tipo de derechos a considerar: el
de los homosexuales. Así, por ejemplo, si se trata de las adopciones, lo que
hay que comparar es el derecho de los adultos heterosexuales con el de los
homosexuales, para observar que no haya discriminaciones al respecto. Pero no
se dice una palabra de si los adoptados tienen o no algún derecho. ¿Y qué
derecho podrían tener en este contexto? La respuesta a esta pregunta refiere
inmediatamente al derecho de los niños y niñas a ser educados en una familia
donde existen las dos figuras sexuales básicas de la especie humana: femenina y
masculina. Algo que también sería un derecho humano entre los restantes. Sin
embargo, cuando se llega a este punto, el núcleo duro de quienes defienden la
reforma normativa sostiene que a estas alturas las personas pueden elegir su
adscripción sexual a voluntad; por lo que también pueden formar las familias de
acuerdo con su propio criterio.
Es decir, se sitúan en el
centro de una antropología idealista, que tiene dos principales expresiones. La
primera consiste en considerar que la especie humana se ha desprendido por
completo de su anclaje biológico y se encuentra “libre” para volar por el éter cultural. Sólo de esta forma
podremos librarnos del dimorfismo sexual propio de nuestra especie,
perteneciente –hasta que no se nos ordene lo contrario- al orden de los
mamíferos. Esta opción no sólo supone una peligrosa pérdida de realidad, sino
también una ofensa al mundo natural y a la perspectiva ecológica. Es decir,
supone la flagrante contradicción de ser defensores del equilibrio biológico y,
al mismo tiempo, saltar a un lado para sacar limpiamente a la especie humana
del medio natural. Todo un ejemplo de soberbia antropocéntrica, cuando parecía
que habíamos aprendido algo de la crítica a los modelos de desarrollo
depredadores del ambiente. Ahora, los seres humanos ya no tenemos entidad
física perteneciente al mundo natural: somos una entelequia cultural o
simplemente almas libres de nuestro cuerpo biológico. El viejo idealismo
religioso regresa por caminos inescrutables.
La otra expresión es menos
idealista pero no menos extraviada. Se acepta que pertenecemos al mundo natural
y que, por tanto, no podemos desprendernos de nuestro dimorfismo sexual, pero,
dado que progresivamente las diferencias entre mujeres y hombres están
desapareciendo, el hecho tangible de la diferencia biológica sexual es cada vez
menos relevante. Alguien podría sorprenderse de que esto pueda argumentarse
después de veinte años de descubrimientos científicos acerca de cómo el anclaje
biológico cuenta en el comportamiento y las sensibilidades específicas de
mujeres y hombres, o después de una cantidad semejante de años de feminismo de
la diferencia, estudios de género y definición de la equidad: igual dignidad de
seres humanos diferentes. Ahora, cuando los estudios de género más actualizados
nos dicen que hay que abandonar las posiciones culturalistas extremas, para
adoptar un enfoque más equilibrado sexo-género, resulta que las cosas se
colocan como si los intereses del colectivo homosexual nos obligan a
retroceder.
En suma, salvo que caigamos
en antropologías idealistas de distinto tipo, el dimorfismo sexual de la
especie humana cuenta de manera central. En realidad, sin este hecho
fundamental, el reto de la equidad de género carece de sentido. Las almas
libres de todo contagio biológico, o mujeres y hombres exactamente iguales, no
tienen necesidad alguna de un nuevo contrato social y personal en materia de
género. Como suele suceder con los idealismos ideológicos, su ropaje progresista
oculta, voluntaria o involuntariamente, una orientación inmovilista o
retardataria.
Pero entonces, si el
dimorfismo sexual de la especie humana cuenta, todo parece indicar que debería
contar especialmente en los espacios de socialización y simbolización iniciales
de la humanidad, que hasta ahora se procesan principalmente a través de las
familias. Es decir, no parece haber mucha duda de que niñas y niños tienen un
derecho sustantivo a contar con las figuras materna y paterna en ese contexto.
Otra cosa es si ese derecho es el único existente en un espacio vacío, o, por
el contrario, existen otros derechos que es necesario tomar en consideración,
tanto respecto de los otros miembros de las familias, como de los propios niños
y niñas. Pero negar el derecho humano a ser educado por ambas figuras,
masculina y femenina, por definición ideológica, cálculos políticos o cualquier
tipo de intereses adultocráticos, es algo que ningún gobierno que busca el bien
común debería promover.
Un enfoque realista y
progresista
Así, pues, un enfoque
realista y progresista tiene como punto de partida tomar distancia de esta
guerra de idealismos: las familias compuestas de figura paterna y materna no
son el mejor de los mundos por definición, como sostiene el familismo de
derechas, pero tampoco es cierto que el dimorfismo sexual de la especie humana
sea ya una nota bene, sobre todo para
niñas y niños, como sostiene una perspectiva antropológica ideológica.
Desde esta perspectiva, es
necesario conciliar el derecho humano de las personas adultas a elegir su
preferencia sexual y vivir de acuerdo a ella y el derecho humano a ser educados
en familias que incorporen la riqueza del dimorfismo sexual propio de la
especie humana. Es decir, por un lado se trata de examinar los derechos que
afectan al mundo adulto y, por otro lado, la relación de estos con los propios
de la niñez.
La cuestión consiste en
saber si, a partir del derecho a elegir preferencia sexual, es posible
organizar grupos familiares de convivencia sostenida. No hace falta una larga
argumentación para deducir que si existe el primer derecho debe existir el
segundo: las relaciones sexuales estables conforman grupos familiares de hecho
y deben reconocerse de derecho. El segundo paso consiste en saber si esos grupos
familiares parten o no del matrimonio. Desde luego, es sabido que hay familias
que no tienen como base la existencia de un matrimonio: las familias
monoparentales, la convivencia entre hermanos, y un largo etcétera, que incluye
las familias homosexuales. Así, la cuestión en disputa se precisa: saber si la
unión de una pareja homosexual puede considerarse un matrimonio; o dicho de
otra forma, si el término matrimonio puede identificar indistintamente una
unión entre una mujer y un hombre o entre dos personas del mismo sexo.
Hay dos soluciones al
respecto. Por un lado, la que prefieren los homosexuales, que consiste en que
la misma figura, el matrimonio, identifique la unión tanto de heterosexuales
como de homosexuales. La desventaja de esta opción es que desconoce el valor
del dimorfismo sexual. La ventaja es que asegura que no haya discriminaciones
entre las uniones por opción sexual. En todo caso, para lograr una forma
adecuada de esta opción, ha de tenerse cuidado en que se formule sin que dé
lugar a confusiones, por ejemplo, abriendo tanto el contrato nupcial que dé
lugar a la posibilidad de matrimonios entre dos personas cualesquiera, entre padre
e hija, hermanos, etc.
La otra fórmula es la que se
ha elegido en la gran mayoría de los países europeos que han tratado este tema:
establecer una figura específica para las uniones del mismo sexo, que tiene
semejantes derechos a la unión heterosexual, pero dejando la figura del
matrimonio para la unión entre un hombre y una mujer. La ventaja de esta fórmula
es que valora y diferencia el dimorfismo sexual de la especie humana y la
desventaja reside en que hay que tener permanente cuidado de que los derechos
semejantes no introduzcan detalles que sean en realidad diferencias producto de
discriminaciones objetivas. Es importante consignar que esta fórmula es la
preferida por una gran cantidad de las personas que han optado y optan por una
figura jurídica, el matrimonio, que significa la unión entre un hombre y una
mujer. Y es cierto que esa gran mayoría tiene el derecho a que su unión tenga
una identidad propia y no se confunda con la de las personas de un mismo sexo.
Al igual que muchas minorías, incluyendo los homosexuales, reclaman muchas
veces que se reconozca la particularidad que les identifica, se supone que ese
derecho no se pierde por el hecho de constituir una gran mayoría.
En cuanto a la relación de
los derechos de las personas adultas con los propios de la infancia, parece que
el derecho de los homosexuales a no sufrir discriminaciones en cuanto a la
procreación o a la adopción, es algo que se refiere a la comparación entre
adultos heterosexuales y homosexuales, pero que, además, tiene que tomar en
consideración irremisiblemente los derechos de niños y niñas. Y en este punto,
parece completamente cierto que uno de los derechos básicos de la infancia
consiste en ser cuidado y educado por las dos figuras constitutivas de la
especie humana, femenina y masculina.
Ahora bien, como apuntamos,
los derechos no suelen existir en solitario. Además de este derecho hay muchos
otros más que la infancia posee, que pueden asociarse o colisionar con el
anterior. Es decir, impedir la adopción de un niño por una pareja homosexual en
cualquier circunstancia, puede ir contra los intereses autónomos del niño. Hay
que recordar el caso resuelto a favor de la pareja homosexual por el Patronato
Nacional de la Infancia
(PANI) de Costa Rica, en que el niño, después de varios intentos con parejas
heterosexuales, fue abandonado a su suerte y una pareja homosexual se hizo
cargo y, de acuerdo al PANI, estableció para el menor de edad mejores
condiciones de vida. Rechazar la decisión del PANI por razones ideológicas
tampoco parece razonable ni humano. Es decir, la normativa sobre adopciones,
que ya establece condiciones para realizar ese acto, debe ponderar como un
factor entre otros, el derecho de los niños y niñas a tener una madre y un
padre. Sin mediar ideologías idealistas de uno u otro tipo.
La forma más saludable de
elegir entre una figura única (el matrimonio) o dos figuras de contrato
nupcial, es consultando lo más directamente posible a la ciudadanía. Las
parejas homosexuales tienen todo el derecho a solicitar la primera fórmula,
pero esto no debería hacerse contra la opinión de una gran mayoría. Y ésta
tiene también todo el derecho de mantener la figura del matrimonio para la
unión entre una mujer y un hombre. Un debate abierto y una decisión por
consulta popular es lo más recomendable para decidir esta cuestión.
El contexto español y los procedimientos
Un problema añadido para
lograr un debate abierto refiere al contexto político español, particularmente
marcado por la crispación en esta coyuntura. Tras su sorpresiva victoria
electoral, el propio Zapatero aceptó que el mapa de los resultados mostraba una
reedición de las dos Españas, y, en ese cuadro, aseguró un nuevo talante
negociador. Sin embargo, la oposición le acusa de que, pese a esas promesas, el
gobierno no ha hecho otra cosa que llevar adelante su programa electoral,
apoyado en la mayoría que le ofrece la alianza con Izquierda Unida y algunos
sectores nacionalistas, sin negociar realmente nada con la oposición. Así
habría sucedido con asuntos especialmente sensibles, que van desde la política
antiterrorista hasta el tema de los matrimonios homosexuales. Eso habría dado la razón a los duros del
Partido Popular, en cuanto a la necesidad de una estrategia de acoso y derribo
del gobierno socialista. El resultado más palpable de esta situación es la
ruptura de temas que se consideraban de Estado, como el Pacto antiterrorista
por las libertades, y el establecimiento de un clima general de polarización
bastante irrespirable.
En este contexto, un debate
como el referido a los matrimonios homosexuales no podía sino desatar los
viejos demonios familiares de España: la tendencia al etiquetaje, la
exageración de los argumentos, la discusión por polos opuestos, el sectarismo,
etc. Todo aquello que, como dijo recientemente Ignacio Sotelo, hace que España
vuelva a ser diferente. Y los llamados a sosegar el debate no arreglan las
cosas. Soy testimonio de ello. Se me ocurrió la genial idea de publicar un
artículo en un diario de gran circulación, titulándolo “Nuestros verdaderos
demonios familiares”, donde me quejaba de la polarización y las exageraciones
que impedían a muchos progresistas exponer sus dudas, y el resultado más
palpable fue dividir a familiares y amigos: unos me felicitaban y otros me
acusaban de favorecer a la derecha.
Pueden ponerse algunos
ejemplos ilustrativos de la polarización del debate. Uno se refiere al recurso
de la ciencia. Entre los expertos invitados al debate en el Senado, el Partido
Popular convocó a un psiquiatra, catedrático de la Universidad, que utilizó su
tiempo para exponer los duros métodos por él utilizados para corregir la
enfermedad del homosexualismo, asegurando además los grandes resultados
alcanzados. El alboroto que provocó la intervención, dio lugar a la tendencia
hacia el polo opuesto: al día siguiente, el diario El País editorializaba sobre el hecho y aseguraba que la ciencia no
tiene nada que decir en el debate sobre el matrimonio homosexual y las
adopciones.
Como si la dramática
desactualización científica del psiquiatra de marras, nos obligara a expulsar a
la ciencia de todo el escenario del debate. Desde luego, las ciencias no tienen
respuestas de la misma solidez para los distintos niveles de la discusión. Por
ejemplo, no existe consenso sobre los efectos que tiene para los niños y niñas
el ser adoptados por parejas homosexuales: hay diversas investigaciones que
muestran resultados contrarios. Se sabe
que, en determinadas condiciones, el bienestar de los menores adoptados aumenta
apreciablemente, pero también se reconoce que las niñas y niños sufren alto riesgo de
etiquetaje en los colegios o que la proporción de hijos, biológicos o
adoptados, que optan por la homosexualidad es considerablemente más alta en
familias dirigidas por parejas homosexuales.
Tampoco se tiene claridad de
cómo afecta a los menores determinados comportamientos hasta ahora
característicos del universo homosexual. En el mes de mayo, el Instituto
Nacional de Estadística, dio a conocer los resultados de una encuesta sobre
conductas sexuales en España, donde se muestra algo ya sabido, que la
promiscuidad entre las personas homosexuales es mucho más alta que entre los
heterosexuales, y que eso es muy notable entre los varones: un 17% de los
hombres heterosexuales tienen más de una pareja sexual al año y esa cifra se
eleva al 67% en el caso de los homosexuales. ¿Qué efectos puede tener esto para
niñas y niños en el seno de una familia homosexual? ¿Les producirá
inestabilidad emocional o, en un sentido contrario, la presencia de menores va
a tener un efecto anclaje entre los homosexuales, como sucede de hecho entre
los heterosexuales? En general, el fenómeno es todavía bastante reciente como
para tener conclusiones definitivas.
Pero una cosa es que la
ciencia tenga poco consenso en este nivel del asunto y otra que no tenga nada
que decir en niveles más básicos. El dimorfismo sexual de la especie humana es
un consenso científico irrefutable y ese hecho cuenta de manera central en
psicología, antropología, medicina y un largo etcétera científico. Restarle
valor a esa marca estructural no puede hacerse precisamente desde la ciencia. Y
dar el salto desde esas certezas básicas a niveles más complejos no debe
hacerse sin cuidado, tanto en un sentido como en otro. Todo indica que, aunque
no podamos saber con precisión el efecto social que pueda tener la adopción de
menores por parejas homosexuales, deberíamos movernos con prudencia en este
asunto, al menos desde los poderes públicos.
Elvira Lindo, con bastante
honradez intelectual, desde una columna del diario El País, daba respuesta a mi solicitud de prudencia, ante nuestras
dudas: “Aún reconociendo que los sometemos a un trauma, no por ello dejamos de
divorciarnos, ni renunciamos a nuestros cambiantes deseos amorosos. La realidad
se impone a nuestras ideas morales, a nuestras dudas, que son legítimas, claro
que sí”. Insisto, una cosa es pensar este asunto desde la moral individual y
otro desde la pública: en este plano no podemos dejar de esforzarnos en pensar
qué es lo que más favorece al bien común.
Otro ejemplo de la
mencionada polarización en España se refiere al tema de los derechos y está
relacionado con la reflexión anterior. Cada actor defiende su derecho como si
no existiera más que ese o tuviera que ser dominante obligadamente. La
argumentación de los homosexuales consiste en evitar que haya cualquier
diferenciación con los heterosexuales, tanto en el matrimonio como en las
adopciones. Y desde el polo opuesto, el Foro de la Familia considera que uno de
los derechos de infancia es el único que importa: el de ser educados con figura
masculina y femenina. Por esa razón su planteamiento también es excluyente:
consideran que las adopciones sólo deben hacerse por parejas heterosexuales.
Como apuntamos anteriormente, las niñas y niños tienen muchos más derechos
(cuidado, alimentación, afecto, etc.) y cerrar la posibilidad de adopción por
parte de parejas homosexuales puede ir contra los intereses autónomos de muchos
niños y niñas. La verdadera pregunta es pues: ¿no sería posible una normativa
que armonizara el conjunto de los derechos en juego: los de los seres adultos,
tanto homosexuales como heterosexuales, los de la infancia, los de la familia
en su conjunto?
A la vista está que esa
armonización no ha sido posible en el crispado escenario español. Una razón
tiene que ver con el hecho de que la polarización ideológica refiere a la
existencia de esos núcleos duros existentes en cada posición en liza. Pero la
pregunta entonces consiste en saber por qué socialistas y populares no logran
dejar de ser cautivos de esos núcleos duros. Sobre todo, en el caso del talante
abierto de Rodríguez Zapatero. La crítica que se le hace desde círculos
socialistas es que ello guarda relación con dos asuntos: la fuerte presencia de
homosexuales en el aparato del partido y la reflexión sobre la necesidad de
consolidar una estrategia de mayorías.
El ascenso de homosexuales
en la cúpula del PSOE parece que se aceleró con la necesidad de incorporar
nuevos cuadros para sustituir a los que adquirían responsabilidades en el
gobierno. La llegada de Pedro Zerolo, líder del colectivo homosexual, a la
Secretaría de relaciones con movimientos sociales, simbolizó bastante la
solidez del ascenso. Como suele ocurrir con las minorías perseguidas, sutil y progresivamente
otros miembros del mismo colectivo comenzaron a ocupar puestos importantes en
la maquinaria partidaria. Esa situación, junto a un cierto exhibicionismo
creciente (que obligó a Zapatero a pedirles tranquilidad) ha causado no poca
molestia en las filas socialistas. Pero la presión interna consiguió cambiar a
un Zapatero que hace sólo un año estaba reticente al tema de las adopciones de
menores por parejas homosexuales.
El otro asunto guarda
relación con la necesidad que tiene el PSOE de Zapatero, de pasar del cuadro
que muestran los pasados resultados electorales, de una España dividida
prácticamente por la mitad, a la consolidación de una mayoría más amplia y
segura. Un sector del PSOE parece inclinado a la estrategia de ir estableciendo
alianzas sectoriales (juventud, feministas, homosexuales) para lograr alcanzar
esa mayoría. Sin embargo, como muestran otros casos, la idea de consolidar una
mayoría a partir de la suma de minorías tiene sus riesgos, algo que experimentó
en su propia carne el candidato John Kerry. Esa estrategia de ir acogiendo las
reivindicaciones de las minorías no puede pensarse como una simple suma
aritmética, porque algunas propuestas de las minorías pueden afectar el voto de
grandes sectores de población, especialmente del enorme universo de indecisos.
Algo que los expertos de la campaña de
Bush supieron aprovechar plenamente. Cabe preguntarse si la oposición española
no estará ya aprovechando ese fenómeno para recuperarse de su caída.
En todo caso, el cierre del
capítulo de la aprobación de la normativa que permite a los homosexuales
casarse y adoptar en España, no ha tenido un buen sabor de boca. La tesis de
Zapatero en meses anteriores es que la aprobación de esta normativa aumentaba
las cotas de participación y libertad de la sociedad española. Sin embargo,
conforme se acercaba la hora de la votación se ha ido produciendo una paradoja:
el discurso del Gobierno ha ido adoptando tonos defensivos y las posiciones de
los contrarios a la normativa se han hecho en términos de reivindicaciones
democráticas. Desde la enorme manifestación de mediados de junio se consolidó
la petición referida a un gran debate público y a resolver el tema mediante una
consulta popular. De hecho, el Foro de la Familia ha recogido ya más un millón
de firmas para impulsar una iniciativa legislativa popular para lograr un referéndum.
Y sus reclamaciones adquieren consistencia: el jefe de gobierno ha recibido
varias veces a los representantes de colectivos homosexuales y ni una sola a
los representantes de diversas entidades que se oponen a la normativa
(incluyendo el propio Foro de la Familia). Algo semejante a lo que ha sucedido
con el orden de prioridades de ejecución de su programa electoral: el PSOE
tiene un amplio apartado referido a la necesidad de apoyar a las familias, pero
no ha puesto en marcha ninguna de sus medidas ¿por qué anticipar el matrimonio
homosexual?
Puede que el gobierno haya
adoptado la estrategia de impulsar primero lo más controversial, en la idea de
que, como sucedió otras veces en el pasado, los temas controversiales
(divorcio, aborto terapéutico, etc.) dejaron de serlo con el paso del tiempo.
Sin embargo, también es cierto que la mala resolución de temas sensibles puede
dar lugar a heridas abiertas. ¿Cuál será el caso en esta oportunidad? Todo
indica que la oposición política, principalmente el Partido Popular, está
observando cuál es la verdadera fortaleza de la resistencia social, que ha
llamado a la desobediencia civil y a la objeción de conciencia a los
funcionarios de los poderes públicos, mientras se resuelve la iniciativa
legislativa popular para convocar a un referéndum, algo que se tramitará a la
vuelta de las vacaciones de verano. Es muy probable que esa iniciativa sea
negada por la actual mayoría en el Congreso. Pero resulta curioso que la
actitud del gobierno sea la de cerrar lo más rápidamente posible la discusión
sobre el asunto. Ello está cargando de razón a la oposición, cuya imagen es
ahora la que mostraban los jóvenes que entregaron las firmas al Congreso: una
máscara blanca con un tachón que les cierra la boca. Imagen que fue reproducida
por todos los medios de comunicación. Como también fue una evidencia que, en el
último minuto, Rodríguez Zapatero pidiera hacer una justificación del voto no
prevista en el plenario del Congreso, y el Presidente de esa Cámara, también
socialista, no permitiera que hiciera lo mismo el jefe de la oposición. El
broncazo fue mayúsculo, dentro y fuera del Parlamento. Y cabe preguntarse: ¿era
necesario este curso de procedimientos que da la sensación de rápida imposición
política y niega una mayor participación popular en el debate y resolución de
este delicado asunto? Yo no lo creo. Y la justificación de que hay que
resolverlo de una vez, porque la derecha adquiere posiciones ultramontanas en
este tema, me parece sumamente débil. Tampoco es suficiente con que haya mucha
gente en la demostración del Día del Orgullo Gay, que celebrará la aprobación
de la normativa. Porque, en el fondo, parece que la fuerza no está en los
argumentos, y se deja la sensación de que no serían tan sólidos ni tan
populares como se decía.
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